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martes, noviembre 24, 2020

Crispeta I parte

Publicado por Yo soy Escribidor |



Resulta que llegó un man a decir que nos habíamos ganado un obsequio con Claro. Preguntó por mi mamá porque el servicio está a su nombre, pero salí yo porque soy quien está pendiente de ese pago y porque la tragedia familiar había llegado como un espanto a plena luz del día. 


Salí yo a preguntar qué se le ofrecía y resulta que el man me aseguraba que Claro nos había mandado algo, pero que esta empresa —la de domicilios— no estaba segura de que hubiera llegado; el man era, según dijo, un supervisor. 


Recibí una hoja donde estaba la firma de mi mamá. Comprobé que no era su letra o la mía para justificar el obsequio que no recibimos. Eso dije: que no era nuestra letra y que desconocíamos el papel, la letra, el regalo y los porqués. 


El ahora supervisor me dijo que eso estaba pasando: se mandaban los obsequios y los domiciliarios se andaban quedando con ellos, por eso le tocaba supervisar. Aseguró, luego de un fuerte refuerzo acerca del sitio donde trabajaba, que iba a tener mi regalo, «Ese es mi trabajo», dijo. 


Me dio un teléfono y me dijo que llamara; era, según dijo, el de la empresa donde trabajaba; me dio, además, su número personal por razones que desconozco. Debía llamar a la empresa para decir que no recibí de Claro lo que el supervisor decía que debí recibir. Llamé. 


Me contestó alguien que aseguró ser el gerente. Estuvo atento a lo que yo le decía. Me pidió la dirección de mi casa y apuntó un par de cosas que no puedo imaginar qué eran. Le pedí su nombre y me noté, casi con autovergüenza, que yo tenía un raro entusiasmo por el regalo: «Es una crispetera y un paquete de crispeta», aseguró. 


Me imaginé un electrodoméstico que no necesitaba, pero que sería increíble para las crispetas que no hago para ninguna película. 


Con las horas, olvidé el asunto, pero regresó a mi mente en la noche cuando, en un ataque de sensatez, decidí averiguar por la empresa de domicilios. No encontré número telefónico en Barranquilla; la sede estaba en Bogotá y, al llamar, no era horario hábil: la voz de máquina repetía como un rosario sin fin las opciones para hundir la tecla 1 o la tecla 5. 


Empecé a pensar si no era todo un fraude y un intento de atraco. Recordé que unos días antes, mientras venía de la tienda, noté a un parrillero de una moto que señaló mi casa como en sentencia en un circo romano, y tuve miedo. 


Me empecé a hacer preguntas: ¿De dónde a acá Claro me daría algo si nunca lo había hecho? ¿Por qué si el supervisor era justo eso tenía que ser yo quien reportara la inconformidad? Si su trabajo era ese, ¿por qué no lo hacía él? ¿Por qué, de manera sospechosa, reforzaba que era supervisor de una empresa de la que no conseguí teléfono en la ciudad? ¿Por qué el propio gerente me contestaría el teléfono? Recordé que, en realidad, nunca leí el papel y que solo vi la letra para desautorizar su autenticidad. Se me vino a la mente que el supervisor halagó mis tatuajes y que su voz, ahora llevada por mis prejuicios, me hicieron dudar de ese hombre. 


martes, noviembre 17, 2020

IMAGINACIÓN

Publicado por Yo soy Escribidor |

Imagina que despiertas un día cualquiera. Es otro país, otra ciudad, otra realidad; ni siquiera es una realidad, una ciudad o un país que podrías nombrar. Te despiertas un día cualquiera porque un rayo entró por la rendija de la ventana. Respiras. Caminas y abres la ventana y ves el panorama: un sol que brilla como una resurrección. Respiras. Hace rato que te dejaron en la estufa un café caliente. Te lo sirves mientras sientes el olor de una vida que pareciera prestada, pero no lo es. Tomas el celular y ves las noticias del día y no te asombra que no ocurre nada malo: la vida es como debe ser: una utopía: es como volar en las pesadillas. Al rato te alistas para trotar, hacer algo de ejercicio; después de todo, no hay afanes distintos que no pudieras aplazar por la prioridad de mover el cuerpo «por salud», dices. 

Regresas y ves el rostro que te hace delirar. Su sonrisa es un trago de vino, o de cerveza, o de agua, o de té, o de la bebida que te gusta: es casi un skin care luego de maquillarse de payaso. 

Trabajas. Recibes un buen pago. Tienes tiempo suficiente para las compras necesarias ─¡ay!, el arroz, la leche, el pan─, pero también para el placer culposo ─los chocolates, los adornos para la mesita de centro, los zapatos que no necesitas─. No te abruma el futuro porque será igual de bueno que todo tu presente: no dices esas mantras de «el presente es un regalo» porque no lo necesitas. 

Pero no es así: te levantas y abres los ojos y sientes la arena pesada en el estómago. La luz del sol te corta la respiración como a un vampiro que está a punto de ser traspasado por una estaca.  La vida no te alcanza para el café y menos para el skin care o para los zapatos innecesarios. No trabajas a tu tiempo porque tu tiempo es el tiempo de los demás. No vives cada día. Trotar es un lujo que el tiempo no te da y para el ritmo cardíaco ya tienes las taquicardias a cualquier hora del día. Los huracanes se llevan lo inimaginable. Amaneces vivo y agradeces ─¿a quién se le agradece?─ no ser tú uno más en la lista de los que mueren sin razones aparentes. Tragas el agua que te mandó el médico ─«ocho vasos al día», dices mientras piensas que hay que pagar el recibo del agua porque sino no habría ni ocho, ni siete, ni uno─ ,y cada vaso es un vidrio que pasa para cortarte la conciencia. El río ha inundado tu cuarto mental y preguntas cómo llegaste a esto. Te dices que el presente es un regalo para tener la fuerza de atravesar hasta el futuro. 

La distopía es tu realidad y no te has dado cuenta sino hasta ahora. 



miércoles, noviembre 11, 2020

DESTETADOS

Publicado por Yo soy Escribidor |

 


Ha sido un día movido por hablar de tetas: de que si las muestran en protestas, que si es válido, que qué pensarían nuestras madres, que las tetas esto o aquello, etcétera. 

En esas estaba cuando recordé un texto que Manduquita, hace años, publicó en mi blog. Decidí no hacerle ninguna corrección hoy ─ni de forma ni de fondo; ya verán errores─ y quisiera aclarar solo esto: que responde a una época en el que estábamos en algún lugar de nuestro mundo posible. Manduquita escribió cómo era un día de trabajo ─de ella─ cuando alguien se ponía unas tetas de silicona. 

Puedes leerlo aquí





martes, noviembre 10, 2020

POR ESO LA PLATA QUE CAE EN MIS MANOS

Publicado por Yo soy Escribidor |

 Hoy he pensado en plata. He pensado en todo lo que el adulto necesita para vivir. No es solo que uno crezca, sino que vienen responsabilidades que suelen ser con dinero. Podría uno decir que se va a un pueblo escondido, donde nadie lo conozca, para empezar una nueva vida alejada del capitalismo salvaje en el que estamos, pero qué va. 

Pagar recibos de manera interminable, comprar las cosas del cuidado personal que se acaban cada dos meses, pagar el gimnasio, conseguir plata para una salida un sábado con los amigos ─hay amigos que le mandan a uno, pero cada quien debe tener, por lo menos,  para el bus de vuelta─, gastar plata para las medias, la comida quincenal: los huevos, el queso, el arroz, la carne, las verduras, las frutas. Tener dinero para motilarse, para pintarse las uñas, comprar un celular que le sirva a uno para mamar gallo y para trabajar en algo; plata para llevar hojas de vida, y si lo llaman a la entrevista, plata para los buses, ir oloroso, bien peinado. 

Y las enfermedades: plata para la trimebutina, las vitaminas, el vinagre de manzana, la hioscina, el acetaminofén, las aspirinas, las cetirizinas y algún expectorante. Plata para todo. 

Y para los gustos: pagar Netflix, cambiar las almohadas, comprar ropita chévere para entrenar, para zapatos, el champú de calidad ─con todo el tratamiento que uno se hace para que el pelo se vea sano─, las gafas que no me hagan ver más viejo de lo que soy, plata para comprar pines y libros, siempre libros. 

En fin, incluso para escribir esto tengo que recurrir al absurdo de ver de dónde saco plata para pagarle a Claro para teclear y teclear para luego ganar algo de dinero que gasto luego cuando pago tecleando. ¡Ah! Es la historia del Coronel Aureliano Buendía: vendía pescaditos de oro, que le pagaban con oro, para hacer pescaditos de oro que vendía y le pagaban con oro y así hasta el infinito. 


lunes, noviembre 09, 2020

CIUDAD Y ASOMBRO

Publicado por Yo soy Escribidor |

Yo soy de esos sorprendidos que insisten en que los demás también vean mis esporádicas sorpresas. Siempre digo que me sorprendo poco, pero me gusta pensar ─un poco karlbarthiano*─ que es necesario el asombro para poder vivir. En todo caso, la Barranquilla pandémica me sorprende; y no me sorprende porque hayamos llegado al pico antes que todos en el país, o que la gente ya renunció a su suerte y está a la de Dios por ahí, ni siquiera las fiestas de esquina con todo el trago infernal del mundo, no me sorprende que nos hemos cansado del encierro y que visitamos a los amigos y a los cinco minutos ya estamos sin tapabocas; quisiera decir acerca de estas y otras cosas, pero no. Lo que en realidad me sorprende es ese despertar biciclético que hay en la ciudad. 

Yo era de esos que, a falta de plata, empezaron a usar la cicla. Se lo debo a mi amigo David, que un día, desprevino, me la dejó para que la cuidara y luego se convirtió en mi constante. Pero vino la cuarentena y allí la arrumé, en el patio, con unos plásticos encimas; pero la gente, recién pudo salir, no dudó en hacerlo ─se me ocurre imaginarme un universo distópico en el que un virus mortal invade la vida, y que la gente solo se salvaría si sale todos los días a hacer ejercicio; la gente corre y corre diariamente y que quien no lo haga morirá irremediablemente─. 

De noche, a lo largo de la ciudad, Barranquilla es otro mundo donde las ciclas invadieron la cotidianidad. Me alegra mucho eso. En el Malecón, por ejemplo, la gente está entusiasmada con el deporte, con trotar, con patinar. No se les ve la cara en sus tapabocas, a veces, pero hay miradas de complicidad entre todos. 

Todo esto me sorprende porque hemos sido dejados para el ejercicio por largo años, y si hay algo que nos permitió la pandemia es la idea de salir a sudar. Me parece, después de todo, que ese ánimo de salir, que la mayoría termine en el Malecón ─con ese río salvaje que es el Magdalena─, es enfrentarse a una libertad de cielos abiertos, de gente que no se conoce, pero que corre como hacia ningún lado, de esfuerzo por una meta, por vivir, por seguir adelante, o como si el mundo no se hubiera detenido por una enfermedad y que le huimos en la cicla hasta ver ese Magdalena que crece ─porque las lluvias son inclementes─, y se ve el río como amenazando una catástrofe.  

Yo disfruto ver a la gente en cicla. A veces también me imagino que al acabar la pandemia, la gente se resignará a su vida anterior: ya no habrá necesidad de salir porque ya salimos todos. Por lo pronto, me monto en mi cicla y pedaleo. Confieso, con pena, que muchas veces, a mitad de camino, tengo la sensación de que me cansaré y que nunca llegaré al destino. Eso me pasa y suelo temer. 


*Karl Barth habla del asombro ✌.

domingo, noviembre 08, 2020

DOLOR DE CABEZA

Publicado por Yo soy Escribidor |

 Ando con dolor de cabeza en estos días. No sufro de migrañas para pensar que se trate de algo así; por eso, cuando me da dolor de cabeza, suelo imaginarme lo peor. Luego pienso en que debo cambiar las gafas, que quizás por eso tengo dolor de cabeza, y me las quito un rato y siento que me duele más. Entonces, pienso y pienso en el origen, me echo agua en la cara, tomo acetaminofén —ayer tomé Dólex Forte—, y un naproxeno, y se me mezclan los dolores con los gases del colon y de los cálculos, y otros dolores más, y después recuerdo el primer dolor: el de la cabeza y cambio el lugar donde pondré la almohada para ver si es eso o qué será y que no sea covid —qué miedo— u otra cosa más grave o igual de grave. 

Respiro y me acuerdo de esta imagen que está en Rayuela: 




sábado, noviembre 07, 2020

FALLA

Publicado por Yo soy Escribidor |


Ayer no escribí por este medio. Resulta que me enredé ─como dije en otro post: en las mismas cosas de siempre─. Decidí en la noche en que no había necesidad de culpa. La culpa: ese vicio que heredamos de nuestras tradiciones judeocristianas. Hace años tomé la decisión de no dejar que las culpas teológicas me hicieran daño; pensé que lo había hecho en mi caminar cristiano, hasta mis días. Eso fue hasta que conocí el gimnasio, la comida sana, el trabajo de escribir, arreglar el cuarto, combinar ropa, tomar agua, disminuir los lácteos; y ahora: usar tapabocas, lavarse las manos, no rascarse la cara, usar bloqueador solar, las cremas para no envejecer; y las que vienen: descartar la comida rápida, ser impecable en el bloqueador solar ─porque ahora resulta que debe ser uno que sea tal cual por cual─, leer las tablas nutricionales, descartar el azúcar ─con sus ramajes inverosímiles y extenuantes─ y usar estevia, comprar un desodorante sin parabenos, champús sin sal y no dejarme las uñas pintadas más de cinco días. 

Digamos: me liberé de una culpa religiosa ─no creo en la condenación eterna, en el pecado, en el infierno y en cosas así─, pero se traslada, como una plaga, a otras instancias de la vida. ¡Qué cansancio es la culpa! 

Por eso, al no escribir ayer, y sentir que tenía un compromiso impajaritable, me dije que lo haría hoy y disfruté un wrap y una película ─claro, cuando llegué a casa me tomé un vaso de agua con linaza; y hoy, en ayunas, un vaso de agua con vinagre de manzana─.

jueves, noviembre 05, 2020

COVID-TODOS LOS NÚMEROS

Publicado por Yo soy Escribidor |


Hoy salí temprano a acompañar a alguien a una cita médica. A veces hay que tener más valor para la compañía de quien se somete al escrutinio de un tercero. Resulta que, estando por allá, me quedaba cerca el sitio de mi EPS para solucionar un asunto de pagos de un trabajo temporal ─quizás me anime a contarlo después─. Fui con la disposición de quien ha logrado desayunar con el otro un par de quibbes y jugo de naranja: estaban buenos, pero algo caros en el conjunto para un desayuno. En todo caso, allá fui a resolver mi asunto. 

Estando en la EPS me ofrecieron la prueba del covid de forma gratuita ─la gratuidad de la potencial enfermedad─. Tuve temor. He visto el largo hisopo que llega a ese lugar recóndito donde no alcanzan mis dedos y que me produce un temor que no me pertenecía, como si eso fuera para los demás y no para mí. 

Entre una y otra cosa, dije que sí, que iba pa esa. Entré a un sitio oficinesco y rutinario. Los trabajadores seguían pegados a sus PC, haciendo quién sabe qué, como si no pasara nada de tapabocas para afuera. Al fondo del lugar, un enfermero ─por lo menos disfrazado de uno─ que me tomó los datos y que tuvo que repetir llenar el formulario cuando escribió mal mi número telefónico. 

Me dijo que me bajara el tapabocas, solo dejando libre la nariz. Que respirara normal. Que no duraba mucho. El hisopo entró a la profundidad de una lágrima y sentí que no pude respirar más. El enfermero le dio vueltas como reforzando un punto discursivo. Lo sentí como una quemadura con lápiz. «Respira hondo». Lo hice y fue trayendo de vuelta el hisopo, mientras yo sentía que me cortaba el presente. Las lágrimas indómitas en mi ojo permanecían: era un solo ojo: del mismo lado de la fosa nasal del examen; y luego sentí un ardor en la nariz ─como si me hubiera metido un crayola─ que se me quitó a las horas. 

¿Qué enfermedad es esta que para saberla hay que irla a buscar donde no ha entrado un recuerdo?

miércoles, noviembre 04, 2020

ESTÉREO PICNIC DEL RECUERDO

Publicado por Yo soy Escribidor |

Iba a escribir hoy acerca de otra cosa, pero recordé, viendo noticias, que fui feliz yendo al Estéreo Picnic el año pasado. Entonces, nada: fui con Carlitos, me gasté lo ahorrado, celebré con mi gran amigo Jason Jaraba ─al que estaré infinitamente agradecido por su hospitalidad desmedida y a quien no veía hace rato─ y oí hasta las lágrimas a Sam Smith. Yo poco o nada hablo de mis viajes; tengo la idea de que a nadie le interesa que yo le diga lo que hice; digamos que me parece, poniéndome en los zapatos del otro, que es aburrido. Ni me muero por oír a otros si viajan, ni espero contarles a los demás qué hago a lo lejos de Barranquilla. 
Tampoco soy ese man que va al concierto a grabar al artista por horas y que no disfruta un concierto: yo grabo pocos segundos y disfruto porque no sé si tendré otra oportunidad. En todo caso, un poquito ahí, de mi canción favorita de Sam porque fue la primera que oí: 





 

martes, noviembre 03, 2020

AFÁN

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 Tuve tanto afán —haciendo casi las mismas cosas de siempre: sentarme en el pc, escribir, comer, entrenar, salir, caminar, almorzar, estirarme, pensar, mirar las matas, bañarme, mirarme el pelo y decirme que está bonito y que va creciendo, sacar la ropa, meter la ropa, tomar vinagre de manzana para el colon, mear, cagar, recibir a Jonathan para que almuerce, responder correos, responder wasap, responder por la vida, responderle a mi mamá, rodar la mesa, regresarla al sitio, ver tv o no ver tv, escoger qué medias y qué zapatos, pensar en la muerte, pensar en el covid y si tengo o ya me dio o lo tendré, leer bobadas, tener minutos cortos de ansiedad y así y así— que casi no publico hoy. 

lunes, noviembre 02, 2020

EJERCICIOS PARA UNA PANDEMIA

Publicado por Yo soy Escribidor |

Gimnasio y pandemia
Siempre fui muy obsesivo con el gimnasio. En 2015 siento que no vivía para otra cosa que no fuera entrenar y entrenar. Con frecuencia, olvidaba el día de descanso y hacía ejercicios por días y días, sin pensar cuándo fue la última vez que descansé; y cuando me daba cuenta de ese absurdo, descansaba no sin algo de culpa del merecido receso. 

El año pasado subí de peso de manera como siempre quise, aunque yo me veía igual. No era cierto. Comencé un proceso con unas pastillas milagrosas que añadí a mis obsesiones y que me tenía que tomar con un rigor monástico por 45 días, más o menos. Así lo hice. Preparé un cronograma con las dosis para cada día durante ese tiempo. Vi los resultados: llegué a un peso envidiable en comparación con ese otro de 2015, sin tener que preocuparme por la grasa abdominal; me veía chévere, a mi parecer, aunque yo  no lo consideraba tanto ─al ver fotos hoy me doy cuenta─.

Sin embargo, días previos a terminar esa rutina pastillesca, los cálculos renales hicieron su avanzada, como suelen hacerlo muy seguido. A pesar de que terminé las pastillas, tuve que cambiar la alimentación, la proteína que compré ─que quedó casi entera y era de extracto de carne─ y tomar descanso. Recién me mejoré retomé el gimnasio, pero mi cuerpo me exigió más: el 23 de diciembre me hicieron una litotricia que me dejó más incapacitado y que, en este año, me ha dejado más problemas de cálculos que otro tiempo en mi vida. 

Cuando llegó la cuarentena, las primeras semanas estuve en negación: entrenaría en casa porque no podía que más días pasaran en la pérdida muscular. Compré cosas: unos elásticos, unos soportes para flexiones, una colchoneta. Hacía un cardio inverosímil ─a mí que nunca me ha gustado─ y seguía creyendo que esto era un tiempo muy pequeño. No fue así: al tiempo me di cuenta de que estaba engañándome y que no quería hacer nada, que me sentía desanimado y que el cardio no me gustaba, que me aburrían los elásticos para entrenar en casa y que la colchoneta me daba alergia en la piel. Poco a poco me fui resignado a que no había gimnasio y no tenía por qué sentirme mal. Así fue. 

Ahora que retomo, siento que hay todavía algo ajeno. Me siento bien de regresar al gimnasio, me gusta, lo disfruto ─a pesar de que solo son 60 minutos y que hay que llegar antes y que hay que andar con un rigor de cirujano─, pero ya no reemplazo mis obsesiones allí, o eso intento. A veces lamento esta idea, pero creo que, en últimas, tuve que darme cuenta de que la vida es más que eso y que si, por ejemplo, la prioridad son otras cosas, así debe serlo. Siento que la cuarentena me liberó de una culpa mítica acerca de la idea de luchar en contra de mi delgadez antropológica. Y siento temor a veces de eso. Y a veces siento una resignación como de muerte de mascota. 

Hay momentos en los que el muerto me visita. El fantasma de que será imposible verme como antes. Después pienso que para qué, y me angustian otras realidades. 

 

domingo, noviembre 01, 2020

RETOMAR NO ES TAN FÁCIL

Publicado por Yo soy Escribidor |



Falta poco para mi cumple y este año no da espera a pesar de su pandemia. Me puse a pensar que lo que menos hice en esta cuarentena fue escribir para mí. Casi todos los días, entre corregir textos de otros, leer frases de los demás y escribir por encargo, fui poco diligente para adelantar mis propios textos. 

Se  me ocurrió que debía escribir como fuera. A manera de disciplina ─quiero creer y no que es una culpa─ quiero hacer pequeños, grandes, medianos ─o del tamaño que sea─, ideas todos los días hasta mi cumple. 

Y retomar ─como hacerlo en cualquier cosas que a uno le apasione─ cuesta a veces. Nunca sufrí del síndrome de la hoja en blanco, pero sí del desánimo que produce la idea de escribir o, por lo menos, el imaginario de sentarse y sacar el tiempo para coordinar ideas; por lo menos las propias, porque, como he dicho, por el encargo es más fácil. 

Espero que si nadie me lee, me sirve para mí mismo. Es la idea. Vamos a ver cómo nos va. 👀