“Es una de las paradojas más tristes de mi vida:
casi todo lo que he escrito lo he escrito para alguien
que no puede leerme,
que no puede leerme,
y este mismo libro no es otra
cosa que la carta a una sombra.”
cosa que la carta a una sombra.”
Héctor Abad Faciolince
Él escribía poemas para ella.
Pero él no determinó nunca entregárselos; de hecho eran los versos más hermosos
que su cabeza podría escribir, sin embargo él lo decidió: “No puedo entregarle mis escritos”.
Él sabía que brindarle esa ocasión era inútil: ella no le gustaba leer
poesía, así fuera la que él le escribía.
Ella odiaba cualquier rima desaforada, cualquier métrica metafórica, cualquier
recurso estilístico. Le fastidiaba la alegoría al hablar del cielo, y la
sinestesia cuando se nombraba al mar. La exasperaba el oxímoron con su nombre
de enfermedad tumorosa. Odiaba estrofas de cuartetos, de décimas y de Nerudas afligidos fornicando con Benedettis extasiados.
Él lo sabía y se frustraba con
sus polisíndeton impecables, con sus onomatopeyas antes y después de leer. Él
quería entregarle su poesía, pero ella odiaba la poesía. Odiaba sus versos y sus
formas, los temples de ánimo. Sin contar, por supuesto, con su yo poético que la irritaba hasta el
imposible porque ese yo no era el yo que ella conocía en los pronombres
personales. Él lo tenía claro, por eso escribía cosas que ella no leía.
No obstante, ella soñaba que le
escribían, que le escribían poesía triste y siniestra. Versos inverosímiles y
metonimias asombrosas. Imaginaba cartas llenas de sinécdoques que no conocía y
de letras prosopopéyicas por encima
de su realidad. Pero su realidad era esa: odiaba la poesía. Por ello, imaginaba
también, que recibía las cartas y que eran muchas, que eran escritas por él con
tanto amor posible, que eran inagotables, que eran un sinnúmero de mundos
posibles; pero soñaba, de igual forma, que las acumulaba en un baúl viejo, que
tenía en su cuarto, donde nunca las iba a leer.
A mi Amigo Cans, quien suele no leerme.


