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lunes, mayo 13, 2013

HISTORIA DE LA POESÍA NO ESCRITA

Publicado por Yo Soy Escribidor |




“Es una de las paradojas más tristes de mi vida:

casi todo lo que he escrito lo he escrito para alguien 
que no puede leerme,

 y este mismo libro no es otra 
cosa que la carta a una sombra.”

Héctor Abad Faciolince



Él escribía poemas para ella. Pero él no determinó nunca entregárselos; de hecho eran los versos más hermosos que su cabeza podría escribir, sin embargo él lo decidió: “No puedo entregarle mis escritos”.  Él sabía que brindarle esa ocasión era inútil: ella no le gustaba leer poesía, así fuera la  que él le escribía. Ella odiaba cualquier rima desaforada, cualquier métrica metafórica, cualquier recurso estilístico. Le fastidiaba la alegoría al hablar del cielo, y la sinestesia cuando se nombraba al mar. La exasperaba el oxímoron con su nombre de enfermedad tumorosa. Odiaba estrofas de cuartetos, de décimas y de Nerudas afligidos fornicando con Benedettis extasiados.

Él lo sabía y se frustraba con sus polisíndeton impecables, con sus onomatopeyas antes y después de leer. Él quería entregarle su poesía, pero ella odiaba la poesía. Odiaba sus versos y sus formas, los temples de ánimo. Sin contar, por supuesto, con su yo poético que la irritaba hasta el imposible porque ese yo no era el yo que ella conocía en los pronombres personales. Él lo tenía claro, por eso escribía cosas que ella no leía.

No obstante, ella soñaba que le escribían, que le escribían poesía triste y siniestra. Versos inverosímiles y metonimias asombrosas. Imaginaba cartas llenas de sinécdoques que no conocía y de letras prosopopéyicas por encima de su realidad. Pero su realidad era esa: odiaba la poesía. Por ello, imaginaba también, que recibía las cartas y que eran muchas, que eran escritas por él con tanto amor posible, que eran inagotables, que eran un sinnúmero de mundos posibles; pero soñaba, de igual forma, que las acumulaba en un baúl viejo, que tenía en su cuarto, donde nunca las iba a leer.



A mi Amigo Cans, quien suele no leerme. 
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lunes, mayo 06, 2013

EL VENDAVAL

Publicado por Yo Soy Escribidor |





“Algo de vos llega hasta mí, cae la lluvia sobre París;

 pero me escapé hacia otra ciudad y no sirvió de nada…”

Fito Páez



Ahora llueve. Llueve inclementemente sobre la ciudad, y no es un sereno suave: es una tormenta indómita, un vendaval furioso, un diluvio que diluye la realidad, que no cesa y que, al asomarme por la ventana, me muestra que todo se está destruyendo. Dentro de poco, tal vez yo estaré así.

Yo vi las señales inequívocas de lo que se avecinaba. Tú siempre has tenido ese sentido que tienen los animales por anticiparse a las catástrofes, pero no previste esto, no fue en esta ocasión; en cambio yo pude leerlo en tus ojos verdes: vendría una tormenta dura y siniestra.

Aquel día salí a la terraza y noté el cielo despejado, pero tu andar ya no era el mismo. Era una señal de lo venidero. Te dije que olía a lluvia y que tuvieras cuidado; no obstante, tú, lleno de vida y de experiencias en cosas que no sabes, me dijiste que yo estaba exagerando y que no ocurriría nada. ¡Qué equivocados estuvimos todos!

El olor a lluvia fue incrementándose, al punto que, por momentos, solía vomitar sin reparo; y la gente que me conocía, aun ellos, me despreciaban; pero yo sabía que vendría el vendaval, lo había visto en tus ojos.

Por eso, ese día soleado de febrero, en medio de la alegría y el jolgorio de la fiesta, en la mitad de la brisa caliente, decidí recoger la ropa que tenía tendida en el patio, rodé las flores un poco, metí al perro y al gato en la casa, cerré las ventanas traseras, eché llaves a las puertas de los cuartos, aseguré libros con cinta adhesiva, compré comida para varios días, intenté guardar mi vida… y tú, tonto como eras, me trataste de tonto, y decidiste irte incluso cuando te imploré tu compañía; allí, en ese momento, señalaste al cielo azul y dijiste que yo estaba equivocado.

Entonces, te fuiste por la puerta del futuro y las gotas empezaron a caer. Una tras otra. Y no fue posible tu regreso porque el vendaval es inclemente. Y yo lo supe. Y te lo dije. Y no me creíste.

Ahora me asomo por la ventana para intentar verte, sólo para decirte que abriré la puerta, pero no estás. Sólo puedo ver la tormenta que me niega la calle y puedo escuchar los truenos que explotan, y el mundo que se destruye a tu alrededor.



A Steven Manduca, mi drummer favorito. 
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miércoles, mayo 01, 2013

SÍNDROME DEL CRECIMIENTO

Publicado por Yo Soy Escribidor |




Él tenía una enfermedad penosa: crecía cuando terminaba de leer un libro. Yo lo conocí en un momento donde su altura era evidente, pero era manejable. Era alto y le quedaba bien, pero notábamos que solía crecer cada tanto un poco más. Un día comentó su enfermedad: “Crezco un poco cuando termino de leer un libro”. Y nos pareció, tontamente, una idea genial, nos entusiasmamos por una enfermedad que otros quisiéramos; nos dijo que seguía un tratamiento médico que inhibía el “Síndrome del crecimiento literario y desaforado”.  “Tienes una adicción a leer  -le dijo el médico-, debes tomar cartas en el asunto porque todo se saldrá de control, y será demasiado tarde”. Pero él no quiso creer mucho; o quizás sí, pero ya no le importaba. Borges, unos centímetros. Joyce, otros más. García Márquez, muchos más. Y así: Saramago, Benedetti, Mistral, Vargas llosa, Homero… centímetros más y más. Creció tanto que ya su altura era indescifrable, y él intentaba hablarnos desde ese nivel, pero ya era un caso perdido: ya nadie le entendía.  

A mi amigo Harold Leiva

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