IMAGINANDO MÚSICA
SIN EDICIÓN
Hace algunos días, unos amigos de antaño, que vivimos experiencias fantásticas, nos hemos vuelto a encontrar. Pero no ha sido un encuentro usual; más bien, el Facebook facilitó eso. Con ellos viví gran parte de mi vida, compartí sueños imposibles, cantamos canciones alegres y demás menesteres que la amistad se le ocurra. En realidad no nos hemos visto. Ha sido un reencuentro lleno de palabras.
En medio de todo esto, noto algunas cosas, por ejemplo, que el tiempo ha pasado. Que el tiempo fue clemente con algunos, e irracional y desventurado con otros. Que no ha sido tan fácil el extrañarnos. Fue duro decir adiós. Fue un adiós sin decirlo: cada uno, poco a poco, sin decir palabra, se fue abriendo camino en la penumbra, en el vacío, en caminos que no nos atreveríamos a transitar. Fue un adiós absurdo, sin permiso. Fue un adiós que no
esperábamos, donde, al final, nos dimos cuenta del engaño del que habíamos sido víctimas. Fue el engaño que nos dio la vida. Nos engañó porque pensábamos que eso -aquello tan bueno- iba a durar para siempre, y allí, en ese momento en que lo creíamos, nos hicimos daño, nos herimos, nos gritamos improperios en medio de la frustración que sentimos, cuando el puente que nos unía a la Victoria, había sido derrumbado sin previo aviso.
Y entonces fue el llorar y el crujir de dientes.
Hoy nos hemos vuelto a encontrar. Cada quien escribe lo que quiere. El tiempo no pasa ahí en medio de todo lo que río. Pero siento el leve peso de pensar que es sólo una quimera brillante.
Por ello, he vuelto a pensar en ellos, y aquellos otros, que en algún momento se fueron, se van, no quieren regresar. Y me doy cuenta que he sido un miserable porque logro hacer el ejercicio catársico de no extrañar a nadie, porque es más fácil tolerar las despedidas centrándose en banalidades.
Por ello, ahora, me estoy dando el tiempo para pensarlos, para mirar como antes, para leer minuciosamente las líneas y las risas codificadas en jajaja. Y, en este punto, tan solo no hablo de ellos; han sido más los que se han ido quedando en el camino del olvido, que yo intento tomarme la medicina del cariño para recordar en qué momento los borré de mi recuerdo, y en qué momento, ahora, vienen lejanamente.
REFLEXIONES (TRES)
- · Mi amiga J. no solía recibir la tarde. El cambio de día a noche, por allá a las seis, cuando el ocaso se precipita, le inundaba nostalgia. Prefería, sin duda, pasar ese cambio horario dentro de un lugar y que luego pudiera salir con una sorpresiva noche, que no le hubiera avivado la nostalgia. Ese cambio de la luz a las sombras, supongo yo, no era asimilable para alguien como ella. Hoy día no sé si esos cambios de momentos, fueron superados, y las sombras de la noche no se abrigan al nostos que tenía en aquellos días. Yo vivo, de vez en cuando, esos cambios de horario; tristemente no tienen que ver con las seis de la tarde, sino con la penumbra que trae el recuerdo.
- · Me han hecho las promesas: Que estaría conmigo hasta el final de la línea. Que recorreríamos de aquí a la luna, abrazados en una moto. Que todo va a estar bien. Que escribiría la tesis de la alegría. Promesas de estar siempre juntos. De la mujer con las palabras duras y hermosas. Promesas que prometen. De recorrer las avenidas de la ilusión. De permitir secar lágrimas ajenas y dar hombros fuertes. Prometer sin promesas son las implicaciones tácitas de los amigos.
- · He terminado de leer y tengo la sensación de vacío. Siento que, aunque me dijeron todo en el libro, me quedaron debiendo el aliciente para la angustia de haber leído. Tengo crisis poslectura. La novela iba recorriendo líneas y líneas anunciándome lo peor… y yo lo sabía. Pero fue (y la literatura es) como la muerte: así uno diga que está preparado, nunca lo está; sobre todo si el tema es, precisamente, la Muerte. Fue como en aquella otra donde todos sabemos que el muerto será muerto y que nos obstinamos, tontamente, en seguir leyendo para que al muerto no lo maten mientras leemos; al final al muerto lo matan y uno siente que no estuvo preparado para su muerte.

