“Me doy cuenta de tantas cosas, que
la aritmética es falsa,
que uno más uno no siempre es uno
sino dos o ninguno,
que nos sobra tiempo para hojear el
álbum de los agujeros,
de ventanas cerradas, de cartas sin
voz
y sin perfume”
Jubeis Díaz, en un mensaje de texto

Los
cuadros me gustan. Pero no podrían ser monocromáticos; tienen que ser cuadros
que se bañen en colores, en diversidad cromática, en sentido de muchos sentidos
y de sentimientos varios. Los cuadros me producen exactos cálculos, procesos
medidos, procedimientos claros, la ley de la gramática española y el resultado
algebraico de un binomio cuadrado perfecto. Las rayas, por sus partes, son como
un camino sin fin, no tienen sobresaltos, son masivamente epidémicas, pueden gustar a cualquiera, aun cuando no presentan el
motivo de su existencia.
La
vida con los cuadros (en todas las formas, en todas las texturas, en todas las
medias, en todos los retratos, en todo lo todo, en todo) es hermosa, aunque
peligrosamente adictiva: una vez que uno se enamora y vive con ellos, es
difícil abortar su postura cuadrangular. He intentado, reiteradamente, huir de
ellos, y adoptar rayas verticales, pero, a lo lejos, ellos me llaman, y me doy
cuenta hasta dónde he caído, y vuelvo a su área. Área como de encaje de Tetris,
de libros por tamaños, de zapatos arreglados y ropa en su lugar por colores,
por tiempo exacto de dormir y angustia de soledad en cuatro paredes. De
cuadrangular con forma de rombos, de cuadros que bostezan siendo rectangulares,
de baldosas amarillas con rojo, de pinturas en paredes tristes, y de angustias
cuadradas e indescifrables.