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miércoles, mayo 06, 2015

Carta sin pretensión

Publicado por Yo soy Escribidor |

A uno, a dos, a los de siempre, por supuesto


“No tengo a nadie que me diga lo que tú me dices”, dijiste con seriedad. No hubo vacilación en las palabras, y mucho menos en tu mirada. “No tengo a nadie…”, te resignas. No creo a ratos. En mis duras pronunciaciones, que no busco, no puedo mutar mi cara, aun cuando, de vez en cuando, suelo sonreír sin querer; pero eso no me desarma para ajustar mi opinión a mi verdad cuando atraviesa la tuya.

Tu verdad silenciosa. Eso fue en esa charla: silenciosa y violenta. Tu silencio violento, inundado de reproches, de certezas endebles y de amaneceres equivocados. Te leo entre los silencios dicientes de tus errores. Pareciera ser que sé todas las respuestas a tus blancos, pero no es así: no tengo ni puta idea de qué hacer para compensar el abrazo intempestivo que recibí: ese fue mi desarme, mi rendición de cuentas, mi llanto apagado, mi no esperada reconciliación con el cariño. 

“No tengo…”, dices sin sentir remordimiento. No tener supone una especie de vacío que se formó, un oxímoron que no se quiere pronunciar, una redundancia al caos.

No olvido tu cara, tus ojos, tu atención; no olvido el querer, el esperar y el amar.


“No…”, sentencias. Y no: no hay rencor, no hay abandono. Sólo tú y yo. Un beso en el hombro y un te quiero que hace volver la calma. Un “ánimo” para la vida, un desgano hacia la muerte. 

jueves, abril 16, 2015

EL SONIDO QUE INSISTE EN SONAR EN LA INTRADIÉGESIS

Publicado por Yo soy Escribidor |

En general, la mañana me recibe con una canción en mi mente. De alguna forma, he pensado como si fuera una lista de reproducción aleatoria que va y va, y viene y viene. Muchas canciones se repiten con facilidad entre los días; por eso, es normal que la canción con la que me recibe mi mente el lunes, pueda ser la de los jueves; o sucede el caso que es la misma por varios días. 


Este proceso dura alrededor de una hora entre mi levantada y mi ajuste a la cotidianidad. Después de la hora, se puede entronar otra canción que suelo cantar gran parte de la mañana. 

También sucede que hay días en los cuales no hay canciones mentales mañaneras, sino que, después de una hora, surge sin darme cuenta, y allí está, allí está, dando vueltas y más vueltas en mi cabeza; en muchos casos, me toma tiempo darme cuenta que está ahí -quizás por las obligaciones en las que estoy-, sin apercibirme qué piensa mi mente cuando pienso en otra cosa.

Cuando me levanto sin canción en mente, es probable no notarlo. A las horas, al intentar saber cuál canción rondaba por mí, suelo caer en la cuenta que no hubo. Y este acto -el de soledad y silencio- es triste, de alguna forma. Es como si, utilizando la metáfora primera, el reproductor hubiera llegado a su fin, y habría que encenderlo; la tristeza de un mundo sin música de fondo. 

Tal vez por ello, no todas las veces uso audífonos; en muchos casos, no me hace falta. La canción suena en mi mente, se repite, toca otra, cambia, se transforma, escucho las voces, los instrumentos, incluso me remite los momentos en los cuales ésta era banda sonora. 

miércoles, febrero 18, 2015

He cambiado

Publicado por Yo soy Escribidor |

Autorretrato
He cambiado. He cambiado y lo sé. Me miro al espejo y trato de descifrarme: miro mis ojos perdidos sin sus gafas, mi rostro que envejece, mis orejas, mis dientes y labios, y arrugas que no estaban.
He cambiado, y no se trata simplemente que ahora me vea con algunos tatuajes, con aretes y con el ejercicio físico manifiesto; aunque esto es evidente, no es por ello que me sé cambiado.

Ya no creo igual que antes; quizás otras cosas o el panorama me lo cambió la Vida. No soy el  mismo que antes lloró: mis nuevas lágrimas son de otras angustias recientes.

Mis años han pasado. Hace dos,  viví saberse perdido una vez más. Creo que fue allí cuando, al asomarse la tormenta que no pude detener, me encontré vacío y sin rumbo. Y me di cuenta, resignadamente, que la Vida me cambiaba mi vida.

Cambiaron mis amigos, mis palabras, mis creencias, mis compañías, mis silencios, mis gritos. Cambió la música, el baile, la Iglesia, la conciencia, el pecado, los consejos... vino la calma desconocida. Vino la Libertad. Una Libertad que, de vez en cuando, golpea fuerte y duele.

He cambiado: mi cuerpo no es el mismo, mis gestos son desiguales, mis dolores son otros. Pero sé que no se trata de eso: Ya no eres como te conocí, me dijeron; y lo sé