Esta semana soñé en una noche tres sueños:
1) Que tenía una gran discusión con mi papá por asuntos económicos. La discusión no ha ocurrido; y lo económico, el asunto de la pelea, tampoco.
2) Que una vecina moría. Hoy le pregunté a mi mamá por la vecina, habiéndole dicho que soñé con ella, acerca de su estado de salud. "Ya ella queda ahí ", sentenció mi madre.
3) Soñé que viajaba a Santiago de Chile, a visitar a mis amigas las Carrillo. He pensado ponerme en la tarea del ahorro. Ya Charlie me había dicho para ir. Puede ser, pensé.
jueves, agosto 27, 2015
Corto: sueños 1
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sábado, agosto 22, 2015
Corto: contrariedades
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Me dirijo a un pueblo a trabajar.
Cojo un colectivo –de esos que bajan por la catorce, que son más baratos-. No
aguanto el calor ni la cercanía de las pieles ajenas. Sudo sin reparo. No hay
tranquilidad ni comodidad, pero así es el trabajo.
En la catorce, mientras el
colectivo pasa, se detiene en una calle para que otro carro siga: es el carro
de mi papá. Su carro amplio, sin mancha de calor, ni la cercanía en un momento
de sudor. Él nunca se enteró que yo lo vi. Ni siquiera, pienso, recordará ese
día normal; pero yo, desde mi nefasto vivir, lo veo pasar, y veo que pasa el instante que no tengo.
jueves, agosto 20, 2015
UNA VOZ CONOCIDA QUE DESCONOCE LA VERDAD
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Dedicatoria |
Ayer le
contaba a J que a veces escucho voces conocidas en mi cabeza. Quiero creer que
a todos nos pasa, aun cuando a J le pareció raro. El asunto es así: en general
cuando pienso en alguien, o cuando alguien se aproxima a mi recuerdo, puedo
escuchar un tono particular de ese alguien. Me sucede, también, cuando se trata
de mensajes de textos, o comunicación por Wasap: en algunos casos, ciertas
frases, me suenan en mi mente con la voz de quien me habla.
Le
contaba a J el caso particular con él, ese día: mi mente reprodujo en un
recuerdo su voz, su risa. “A veces escucho tu risa en mi mente”, le dije. Y
paso seguido, le expliqué mi situación más atípica en esto, con mi amigo L.
A L es
raro escucharle la voz. De hecho, es alguien que cuida sus palabras, no emite
un juicio sin fundamento; su voz es, más bien, silenciosa. Cuando calla, suelo
escucharlo. Paradójicamente a esto, cuando hablábamos por Wasap, él era más
fluido; acaso no necesitaba las cuerdas vocales para esto. Sin embargo, y muy a
pesar que disfrutaba estas conversaciones, en la realidad primaba el silencio.
De aquí, pues, que en cada conversación con él, por un medio diferente al del
sonido, yo escuchaba en mi mente, a cada una de sus palabras, una voz que no
era la de él.
En mi
mente nunca estuvo su voz real. Era una voz desconocida para mí. Supongo que,
al tener pocos recuerdos de la realidad, la artimaña de la nostalgia fue
otorgarle una voz que no era la de él. Un par de veces se lo comenté: “Es otra
voz la que escucho cuando te leo”. A veces intentaba ajustar cada palabra al
recuerdo escaso de su voz lejana, y no cuadraba. No daba. No era la voz. Era,
quizás, otro L que estaba ahí en mi mente, que se reprodujo solo, que era un
irreal real. Él, sabiamente, me dijo que poco a poco iría pasando, que la voz
sería la de él.
Y así
fue.
Hice la
terapia, de vez en cuando, lo llamaba por teléfono; y aunque evidentemente
dominaba la conversación yo, sus pocas palabras me ayudaron a sincronizar mi
realidad. Poco a poco, en algunas frases, en algunas risas, en algunas
palabras, fui notando cómo la voz intrusa cedía paso a la de L y a sus sonidos.
Poco a poco –tenía razón él-, ya las frases no me eran desconocidas, ya se me
ajustaban a la situación.
Pero eso
cambió.
Por
aspectos que nada tienen que ver con esta entrada, tuvimos que separar las
distancias. Cada uno lo asumió con entereza, y, por supuesto, era lo mejor, no
sólo para los dos, sino para una colectividad que miraba la viga en el ojo
ajeno. De eso, ya hace algunos meses. Quedamos en hablar cuando se pudiera.
Hace
poco, en mis quehaceres de vida, lo recordé. Y noté, tristemente, que había
vuelto la voz intrusa, y que no sabía cómo era su voz: Lo había vuelto a
olvidar. No era L y sus pocas palabras. No era L y sus silencios dicientes. Era
el usurpador de la nostalgia que resucitó sin darme cuenta.
Entonces
nos vimos por fin para aclarar las diferencias nefastas del ayer, ahora que la
marea bajó. Y para mi sorpresa, ha sido el momento donde más lo escuché. Claro,
y me habló, una vez, con un gesto que no desconocía. Era un gesto que había
visto en alguien más cuando estaba a punto del colapso, pero nunca en L. Y tuve
miedo. Tuve temor de un colapso próximo porque su gesto así me lo decía.
Pero no
hubo colapso en él.
Y lo
escuché.
Y noto
que su voz ya no es la intrusa.
Por
ahora, por lo menos.
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