En el escrito anterior a éste, cometí ciertas omisiones y algunos errores. Por un lado, la gran omisión fue no haber incluido a mi amigo David Ángel en el relato. Él, casi con vehemencia, me reclamó haber ido al sitio. Y él tenía razón, y yo lo olvidé tristemente. Su instancia fue tan corta en el sitio de tatuajes que, por un momento -o un gran momento-, olvidé que fue y que su apoyo se figuró con su llegada. A él mis disculpas por este error involuntario que surge cuando uno escribe.
Por otro lado, cito textualmente: "Está en el hombro, en el izquierdo (ese hombro que
está más caído que el otro)..."; y aquí incurrí en una equivocación. Hoy, cuando quise releer lo escrito -luego de haberlo releído tantas veces-, noté, al voltear mi mirada, que mi hombro caído es el derecho, no el izquierdo. Y que sí, evidentemente, mi tatuaje está ahí, pero me falló la lateralidad.Es un error que no pienso corregir acaso para manifestar mi grata estupidez humana; uno que se siente irreprensible todo del tiempo.
Dejo mis errores en manifiesto y, al mejor estilo de Pilatos, lo que he escrito, escrito está.
lunes, julio 14, 2014
TATUAJES Y FORMAS
Publicado por
Yo soy Escribidor
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PESTAÑAS:
amistad,
ciudad de la furia,
experiencias,
los de entonces.,
NombresPropios,
tatuajes
“David, ¿estás seguro de que esta es la mejor manera
que tienes para enfrentar la situación?”
Desgracia, Coetzee
![]() |
Cayena en hombro, 2014 |
Miro mi tatuaje. Veo los colores y
las formas que se lograron. Sin embargo, lo siento lejano a mí, lo veo y,
quizás, no me pertenece. Está en el hombro, en el izquierdo (ese hombro que
está más caído que el otro); el tatuaje es más grande que los demás y lo puedo ver con
facilidad. Lo veo distante y me gusta, pero no tengo tiempo para asimilar, para sentirlo mío. No, no tengo tiempo. Ahora no es el momento, aún. Ya vendrá la
larga semana de reposo, de sanidad de la piel, de cremas, de picazón y del
cuidado. Sólo tengo tiempo para eso: mirarlo de vez en cuando y no vivir la
alegría completa. Es una rara sensación.
Cuando está sanando, me hago
preguntas: ¿para qué demonios me lo hice? Pero encuentro las respuestas
rápidamente. ¿Qué tal si muero mañana y
no lo disfruto? Nunca tendré el hombro como antes lo tenía. No obstante, lo
cuido. Ahora tengo leves rastros de sensaciones alegres frente a las preguntas
desparramadas dentro de mis porqués.
Fueron varias horas. Fueron casi
seis horas haciéndolo. Después de un tiempo, el cansancio es evidente. Salgo
con Carlos, casi a las 12 de la noche, del local en busca de un taxi. También están
conmigo, han llegado de sorpresa contenta –mis sorpresas no pueden ser
catastróficas- Jaidelin y Darwin, ellos viven al frente.
"Estar feliz y sin embargo no ser feliz. Ah pero nunca imaginé que el estar feliz incluyera ¿sabes? tanta tristeza."
Primavera con una esquina rota, Benedetti
Tengo la leve sospecha de una
alegría desconocida. ¿Así se sentirán las mujeres cuando se ponen tetas cuando creían
que les faltaban? ¿Sentirá así el transgénero que no se pertenece en su cuerpo,
hasta que lo logra? ¿Así, los demás cuando se tatúan profusamente? Me pregunto
en mi soledad. Le comento a mi amigo estos asuntos y él asiente.
La picazón es terrible. No me
rasco. Aguanto. Me lavo. Me echo crema. Me miro al espejo. Concluyo. El rito
que se repite. Cae una cascarita de él.
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Tres tatuajes, 2014 |
En estos días, hace algunos años,
fui operado de la columna. Mis primeros tatuajes están alojados ahí. Me han
propuesto que me tatúe en mi cicatriz. No lo haré. Es una herida que amo. Cada
punto que se despliega por ella. Cada sensación en mis dedos cuando la toco.
Amo la cicatriz, aunque lucho con la vergüenza de ser visto. Sí, he tenido
arrojos y me quito la camisa, pero siempre tengo vergüenza; es una especie de
desnudez impuesta. Algo que sería sólo mío.
Por ello, mis tatuajes están ahí,
los primeros: una mano que simula una crucifixión, un versículo y una boa que
se tragó un elefante (de El Principito). No me avergüenzo de mi cicatriz, sino
de las preguntas que tengo que responder cuando está a la vista. Con los
tatuajes me engaño un poco. Engaño a los demás en las preguntas que tienen que
hacerme.
Han pasado muchos años desde
aquella vez en la cual entré en el quirófano. También me parece una historia
lejana. Tenía otros amigos. Algunos que todavía están. Hoy día, no tocaría ni
un punto de mi espalda cicatrizada por un tatuaje encima de ella. A los lados.
Por supuesto, a los lados; nunca ahí. De alguna forma, siento que esa
cremallera de carne habla más de mí que otras cosas aparentemente evidentes.
Voy en el taxi. Llego a mi casa y
me lavo el hombro por primera vez con el tatuaje, me echo la crema con cuidado
y lo observo. No medito en el acto. Sólo observo. No tengo tiempo para
asimilarlo aún. Dentro de una semana, lo haré y me daré cuenta que no responde
a mi adicción o a llenar los vacíos emocionales (como dijo mi madre, que tal
vez tenga razón), sino a sentir que le faltaba algo. Sí, un vacío como el
mencionado, pero distinto, eso creo.
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