"Me hartabas un poco con tu manía de perfección,
con tus zapatos rotos,
con tu negativa a aceptar lo aceptable."
Rayuela, Cortázar.
Te odio a ti. Con las fuerzas de toda mi vida. Te odio como si no pudiera odiarte más.
Odio tu cabello despeinado en las mañanas y tu afán desmesurado en destruir el tubo de dientes, apretándolo por cualquier lado.
Odio tu cocina aunque lo haces mejor que yo. Odio, hasta las lágrimas, tus lágrimas… No deberías llorar. Detesto tu olor a óxido matutino, a tus pesadillas nocturnas y las angustias del día. Tu risa con tu diente doblado, tus zapatos repetidos, tu constante interés de perfección y de orden.
Odio que intentes hacerme creer que te gusta la Salsa o el Merengue, cuando es evidente que no pretendes nunca bailarlo. Deploro tus jornadas largas de lectura en el cuarto, sobre todo cuando todos los demás intentamos hacer algo en la vida: comer, trabajar, vivir, quehaceres, y no reírnos o llorar cuando el mundo de afuera se destruye.
Odio que no digas que eres brillante, y lo odio tanto, que intentaré recordarte el defecto de tu conocimiento. Cuando pueda, te humillaré al verte perder los estribos en medio de la charla que peleamos.
Odio que huyas al medio día y que regreses cuando el ocaso ya durmió.
Odio odiarte y que deseo amarte. Amar la risa que, a ratos, se apaga en la oscuridad que te propicio. Amar los sobresaltos del sueño; más aún, de los sueños que suponen dormir. Amar tus odios también, aquellos que no me dices y prefieres callar y que me atormentan. Amar en quién crees, en tus amigos, Dios y tu sentido de vivir que me asusta estrepitosamente cuando camino solo y pienso en ello.
Pero te odio. Odio querer amarte y amo odiarte. Odios tus escritos que no leo y el diario de tu vida que escondes cuando llego. Odio no saber qué piensas y amo pensar que podría amarte.




