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jueves, noviembre 25, 2021

La diáspora

 

Hay un pensamiento que ronda con insistencia en mi cabeza: olvidar todo lo que viví. Me explico: estuve en una iglesia cristiana local por cerca de 20 años. Desde mi adolescencia ─ya muy lejana─ no tuve muchos espacios fuera de ese entorno. Trato de pensar en que no todo fue malo y quizás no lo fue: me dio amigos que han sido importantes en mi vida, me dio espacios en que pude direccionarme como alguien con capacidades para enseñar, liderar, tener ideas. Trato de pensar en que no todo fue malo. Sin embargo, luego de tantos años, y casi cerca de mi aniversario número 41, hay eventos, lugares, momentos que quisiera no haber vivido y personas que hubiera preferido no haber conocido.

Insisto en decir que aunque no todo ─quizás la mayoría de asuntos─ fue malo, incluso hay situaciones buenas que quisiera olvidar y no haberlas vivido. A veces hubiera querido otra realidad en mis 20 que ya se fueron. 

No puedo escribir esto sin sentir un miedo atroz que me traspasa. Es una sensación rara. Como un vacío en el pecho o como si quisiera gritar en medio de una parálisis del sueño: es una angustia similar a la de los desesperados de cosas desconocidas. No obstante, pienso que después de varios años en terapia y darme cuenta del daño ocasionado ─daño que ignoraba hasta hace poco─, tengo que hacer un camino hacia atrás, una metanoia ─en los mejores términos teológicos─, para acallar aun las pesadillas de los pensamientos. 

Yo, que temo al olvido, he ido pensando en eso: ¿qué hubiera pasado si...? 

Quiero decir que afirmar esta diatriba no es renegar de una espiritualidad como experiencia humana, personal y colectiva. Al contrario, mis palabras buscan, precisamente, un acercamiento espiritual íntimo que me reconcilie conmigo mismo y que me ayude a vivir cada palabra que fui viviendo mientras me alejaba de ese sistema. Que cada frase que leía a las teólogas argentinas, a Barth, a mis amigos de compañía diaspórica, puedan hallarse también en algún dios que nos sane la realidad; quizás un dios al que ahora veo con una resignación engreída por su no intervención en mi mundo o, por lo menos, no como yo siempre lo concebí y que, al parecer, sí interviene según los anhelos de otros ─desconozco hoy cómo funciona el asunto─. Lo respeto. 

Entonces, también quisiera tener esa máquina cuántica para ir a ese lugar exacto y decirme que esto podría costar más años de lo que creí  y que no habrá plan B en la vida y que no es necesario haber peleado tanto contra un sistema que me empujó al olvido, sin que nos hubieran pedido perdón en nuestra calidad de víctimas ─y de una persecución que tiene nombres y apellidos─, y que nosotros no hayamos pedido perdón siendo victimarios de otros. 

Hay días en los que sueño que ando en esa iglesia local. Un día soñé con ese arroyo desbordado que se hacía en la esquina. Otros días, sueño que estoy dentro, que canto alabanzas. Hay días en que no recuerdo muchos rostros, pero veo el espacio lleno de gente. En todos los casos, me levanto con ese temor ─¿y rabia?─ del que quiere gritar en una parálisis del sueño y no puede.

sábado, febrero 13, 2021

LA VIDA ES UN CARNAVAL O ALGO ASÍ

Publicado por Yo soy Escribidor |

Para la Puntica
 La foto de este escrito fue en 2018. Fue en un sábado de carnaval. Ese día fuimos a La Puntica, un sitio que se parece a un bacanal griego donde uno le da rienda suelta al baile y a la alegría. Ese año era la primera vez que íbamos y fue, sin duda, una experiencia que excedió mis expectativas. Fue, para mí, un mundo carnavalizado que se alejaba un poco de otra forma de hacer carnaval. Había tanto color y brillo y tanto que ver que me hicieron falta dos ojos más para procesar el gentío que se agolpaba en una calle por Barrio Abajo. 

Sin embargo, me sentía profundamente deprimido. Ya había visitado varias veces a la psiquiatra y ya estaba en un proceso de pastillas que me insistía, desde mis adentros, que la cosa iba a mejorar. Me sentía en el sinsentido de la vida, aunque, tal como me dijo la psiquiatra, tenía el pelo pintado de mono y estaba en un buen momento físico. 

Entendí que una cosa no tiene que ver con la otra. Ese día ─como todos los que siguieron─ salí de baile con mis amigos. Una cosa no tiene que ver con la otra: el Carnaval era la excusa frente al dolor indescifrable de vivir, o, por lo menos, eso pensé yo. García Márquez ya había dicho alguna vez que la gente del Caribe somos las personas más tristes del mundo. Quizás. Y tal vez por eso, pienso yo, la profunda agonía que sentía no me diluyó las ganas de bailar. Y a pesar de que cada día transitaba con calma, con pasos lentos y con ojos de agua salada, me propuse andar un día cada día por todos los días. 

En Barranquilla todos hemos sido permeados por el Carnaval, incluso aquellos que dicen que nos les gusta, o  como otros que, como en mis épocas de iglesia, prefieren irse lejos. El ethos nos dice que el barranquillero, por definición, es libre. Siente que no le pertenece a nadie. Es un asunto que hablarían mejor sociólogos que apelen a que nadie nos libertó o que nadie nos fundó: somos, por definición, hijos del río y del mar: indómitos, alegres, turbulentos, epigenéticamente carnavalizados. Y es por eso, también, que nos diferenciamos de otras zonas del país: nuestras realidades están atravesadas por lo que significa ser hijos, además, del Carnaval: dueños de nadie, dueños de todo. 

Pero en este año, donde ya no me alcanzó la depresión con tanta fuerza ─porque vinieron mejores cosas─, la tristeza de una negación despiadada invade la ciudad. Recién ayer, que fui al Malecón, con su brisa fría y su violenta realidad, un aire de desconsuelo invade el lugar: vi al man que patinaba con un disfraz de marimonda, vi a una muchacha sobre su cicla que estaba enmaizenada, vi a las mujeres con tapabocas de negrita puloy, vi a los manes con sus hijos con camisas de Quien lo vive es quien lo goza. Pero, nada, estamos aquí, encerrados en la nada ─incluso para esos que se iban lejos en estas fechas, tristes en sus casas, hijos de la Libertad aunque no lo quieran─, frente al televisor viendo Netflix, o pidiendo algo a domicilio, o en una fiesta escondida en un patio, o resistiéndose a la idea de que el lunes debe continuar la vida, que no muere Joselito este año porque este año no revivió para morirse el martes, y que no hay nada que perdonarse tanto para ponerse la cruz de ceniza el miércoles. Nada. 

Es que también por estas fechas, la ciudad se burla de la Muerte y siempre gana la Vida cuando suena el chandé «Te olvidé». ¡Ah! Este año no fue. Como decía el Joe, que se oye a lo lejos mientras escribo, y que hoy es mi súplica frente al caos: «Techo, cae, techo»




miércoles, noviembre 11, 2020

DESTETADOS

Publicado por Yo soy Escribidor |

 


Ha sido un día movido por hablar de tetas: de que si las muestran en protestas, que si es válido, que qué pensarían nuestras madres, que las tetas esto o aquello, etcétera. 

En esas estaba cuando recordé un texto que Manduquita, hace años, publicó en mi blog. Decidí no hacerle ninguna corrección hoy ─ni de forma ni de fondo; ya verán errores─ y quisiera aclarar solo esto: que responde a una época en el que estábamos en algún lugar de nuestro mundo posible. Manduquita escribió cómo era un día de trabajo ─de ella─ cuando alguien se ponía unas tetas de silicona. 

Puedes leerlo aquí





sábado, septiembre 30, 2017

Lágrimas sin punto sobre las íes

Publicado por Yo soy Escribidor |




A uno. A todos.


Llegaste luego de un mensaje de alerta: «No puedo estar aquí», dijiste. Yo accedí más por el asombro que por algo más encallado en la inmediatez. El asombro de que algo iba peor de lo que pensaba. Ese día vi tus ojos de un color nostalgia; me era desconocido. Era un dolor que se partía infinitesimal sobre la ausencia del recuerdo. 
No vi consuelo, y no supe darlo enseguida: algunas palabras torpes que siempre salen como remedo de explicaciones de cómo debería ser la vida. Pero quizás no lo es. Mis palabras eran pocas, frente a las lágrimas del abandono. Eran modestas sobre el rostro, pero estaban brillando con afán sobre las razones de la vida.


Ahí te devolví un favor. Un favor que no me pediste: ahí intercambié mi llamada nocturna, de esa vez, donde lloré desde el otro lado del teléfono, y del otro lado de la desesperación. Allí lloré sin consuelo. Como quienes lloran cuando están frente al precipicio.  Como a quienes  se les acabó el último segundo de consciencia. Como quienes  lloran para no volver a hacerlo nunca más. Y allí, en ese cruel momento, tu silencio fue una epifanía siniestra que se descifraba en el humo de mis sollozos. 

Y ahora tú, frente a mí, con tus lágrimas. Y yo, con mi mano estirada oro por ti. No sé si para entender que hubiera un dios en algún lado; más bien, para que supieras que no estabas solo; que el dolor es compartido en medianos puntos sobre las íes

Y me agradeciste con afecto en medio de un abrazo a medias. 
Un consuelo sin serlo. 
Un esfuerzo para vencer la muerte. 
Un grito callado para darnos la mano para seguir.
Una lágrima que se seca. 
Y una esperanza que se resiste a caer en el piso del olvido. 


martes, abril 25, 2017

NO SER

Publicado por Yo soy Escribidor |

«"Ser fiel a uno mismo" es la infidelidad infinita; y "ser uno mismo", la continua limitación».
Henderson, G.



Recuerdo estar en el colegio y que fuera habitual escribirle a los compañeros ─entre tantas promesas de amor por siempre y demás─ Nunca cambies. En ese momento, quizás como reforzando quiénes éramos en nuestra adolescencia, nos resultaba cómodo ─no esperanzador, porque, en mi caso, no tenía la noción de esperanza alguna─ que ciertos amigos no cambiaran; no sé si nos referíamos a quedarnos en el letargo de una edad imposible y de unos problemas que no existían. Era mi época. 


Hace algunos días, uno de mis mejores amigos me mandaba un par de cosas por wasap que, del todo, no son de mi interés o que, simplemente, yo estaba pensando en otro asunto (los amigos nos mandamos cosas tontas, lo sé). Sin embargo, en un momento del asunto, yo me perdí en mis pensamientos y recordé el tránsito que él ha recorrido de unos meses para acá, incluyendo un par de lejanías obligatorias y su ahora. Yo, quizás sin la malintención con que se pudiera leer, pero sí consciente de lo que veía de él, me atreví a decirle: «Has cambiado».

No obstante mi frase, mi sorpresa llegó cuando él, en diatriba violenta, arremetió: «tú eres peor...», y justo ahí, sin esperármelo, agregó dos adjetivos que no vienen al caso, pero que sí dejaron claro qué piensa de mí detrás de la cortina. 

Allí mismo, yo le pregunté en ese tono de aliteración: «¿te hace bien decirme cosas así porque dije que has cambiado?». Y él fue tajante al afirmar con su anáfora que «me hace lo que te hace a ti». Sus palabras. Después tuvimos un par de intercambios más tratando de llegar a un punto. Hasta ahí sus pronunciamientos no fueron catastróficos para mí; sin embargo, con el paso de las horas, y en la reconstrucción del asunto, me fui sintiendo algo contrariado. 

Y creo que él tiene razón en lo que intentaba decirme: él sigue siendo el mismo. Él no ha cambiado. Quizás yo sí. No hay buenos ni malos en el asunto. Ha mejorado ─o crecido─ y eso lo confundí con un cambio más profundo, pero no es el cambio que él pensó leerme y que yo resemantizo. Yo he cambiado, y pienso que así debe ser para mí: no pretendo ser el mismo en cada día, aunque no parezca; quiero re-hacerme con el pasar de los días; de absolutismos y esperanzas falsas ya me he ido despejando para no tener que reencontrarme con el mismo yo todas las veces: yo no quiero ser fiel a mí mismo si eso supone ser un manojos de lugares comunes. 

Yo, al igual que antes, me miro al espejo y veo mis cambios sobre mi cara, pecho, pelo, esternón, ojos, vida, existencia, temperatura, angustias, verdades, secretos... hasta mis dientes, mis uñas escondidas, mi vello que no está, mis vueltas en la cabeza ─con los pájaros que anidan─ y los recortes de papel periódico que ya no leo. Y quiero poder reconstruirme y que a mis cercanos también me los vaya encontrando en el Camino transformador, y seguros que han cambiado, así implique el error y la vergüenza. 

Con tanta agua debajo del puente de la vida, quedarme en la otrora adolescencia de nunca cambies es una involución que no debería permitirme. ¿Que si soy mejor ahora que antes? No lo sé, pero sí quiero verme a los ojos y saber que ahí hay alguien a quien amar, sin que se me impongan que sean sin pasos falsos, porque la vida y la Vida ─para entendidos en mayúsculas─ posee pasos falsos, y tal como respondí: ya fui curado de esperanzas falsas ─o lo estoy haciendo con todas las teodiceas macabras─,  tengo mejor fe anterior a esa predicación*, o eso pretendo. 




*Monja Guerrillera. 

sábado, diciembre 24, 2016

SUMARIO: CAMILO O UNA CRUZ DE DISFEMISMOS

Publicado por Yo soy Escribidor |

“… y no aceptar jamás la opinión contraria, y las posibilidades innegables de reírse como locos y sentirse por encima de la humanidad, doliente so pretexto de ayudarla a salir de su mierdosa situación contemporánea”.
Rayuela, 44


El celular sonó a eso de la 1:30 de la mañana. Pudo haber sido, pienso yo, casi las 2. A esa hora cualquier llamada suena a mal presagio. Era Camilo. Angustiado por la hora, contesté sin dudar: “Amigo, ¿pasó algo?

Algunas semanas antes, había conocido a Camilo quien, de un momento a otro, se convirtió en mi amigo de tardes y noches, y como especie de un oasis de soledad de otras ausencias. Un día, sabiendo yo que su trabajo era sospechoso ─era un horario indescifrable que se resumía en estadías en su casa todo el tiempo─, le dije que me acompañara a comprar unas telas para un proyecto de negocio que íbamos a tener en curso.

Él aceptó. Me buscó esa tarde al colegio donde da clases Jubeis; allí estaba yo recibiendo las últimas indicaciones en cuanto a comprar tela. Asunto que, como se sabrá, no es de mi vasta competencia.

El mejor sitio para ir era William Chams, ese que queda en la 72 con 43. Allí, en medio de la comprada de tela, sin reparo de alguna clase, él me miró como escrutándome sobre mis tatuajes, y con la astucia de quien necesita un dos, me dijo: “Cuando yo te veo, me dan ganas de hacerme tatuajes”. Y yo, complaciente en las promesas a los amigos, le respondí: “Bueno, dale. Un día nos hacemos uno juntos”.

Sin conocerlo mucho, en medio de las telas, me tentó: “vamos a hacérnoslo hoy”. Y yo con cara de “eche, este man, ¿qué?” “¿Qué nos hacemos?” “Una cruz chiquita, chévere”, dije yo confiando en la sensatez de las personas. Además, ¿con qué plata uno se tatúa de un momento a otro? Yo descansando en el criterio de los demás, me descuidé mientras lo vi hacer una llamada. De pronto, como quien sorprende a alguien robándose un helado que guardó en su nevera, lo escucho decir: “Pagó, qué. Treinta pesos los dos… eso va”.

─Camilo ─le digo─ yo no me voy hacer tatuajes de treinta mil pesos.
─No pasa nada, marica. Ese man tatúa bien.

Hasta ese momento, mi escepticismo ya tenía otro rostro. ¿En qué cabeza cabe tanta irresponsabilidad? Pero accedí, por lo menos a acompañarlo.

Era una casa en Barrio Abajo que, en mi ficción mental, es justo la casa como sería una donde venden basuco: una casa atiborrada de mucha gente, en distintos cuartos que son piezas donde hay vidas distintas; unas paredes oscuras, negras de la noche y otras oscuridades. Y las tristeza de la gente… la tristeza de esa pareja que nos recibió con cara de necesidad de salvación del caos de la vida; quizás una tristeza de la resignación de las cuatro paredes.

Y, de pronto, como quien no quiere la cosa, como en una especie de cirugía plástica ilegal, luego del dibujo sobre un papel viejo y pegado en el costado de Camilo, el tatuador daba trazos. “Duele, marica”, decía mi amigo, aunque no parecía así mientras le hacían la cruz al costado. “Camilo, no estoy seguro de hacerme esto”. “Fresco”, dijo y yo me confíe, antes que agregara: “…pero si no te lo haces quedarás para siempre como un faltón”. Y en eso se basó nuestra amistad: en idas y venidas de descréditos hacia el otro, en una forma de querer basada en unas diferencias plenas, en el insulto de la mañana entre el imbécil y el bruto que él odia, y en un par de groserías que me hacían reír todo el tiempo; pero sobre todo en un cariño tácito que va más allá del código lingüístico: la lealtad.

En medio de todo este caos que pasaba por  mi  mente, llegó una muchacha a quien le habían hecho un tatuaje en días previos, pero que ─quién sabe por qué─ se le borró  dejando al descubierto un tatuaje anterior que se resistía a morir; ella iba a ser tatuada nuevamente para borrarse los rastros de los fracasos anteriores. Ella habló que había ingresado a un trabajo en la Olímpica y que para la entrevista se escondió el tatuaje; por lo menos, se lo tenía que medio arreglar. Era un caos que aumentaba mi ansiedad.

cruces de costado
Cuando llegó mi turno, cagado del miedo, me aferré a la posibilidad de la amistad como medida. Ignorando que ─lo que dicen─ el tatuaje en las costillas duele mucho, y que era un rapidito ahí de rapidez rápido para que se pasara el dolor. Sin embargo, qué poco sabía yo que ha sido el tatuaje más doloroso que me he hecho hasta ahora; quizás, he pensado, es que me sentía abrumado del sitio y esto desencadenó, incluso, una especie de temblereque que no podía contener. Dolió y mucho: como media hora de angustia viéndole la cara al pendejo de Camilo que decía que estaba quedando bien.  Pero el tatuaje quedó medio chueco en el travesaño horizontal. El de Camilo quedó mejor; no obstante, dándome ánimos en mi insensatez, me dije todo el tiempo que uno paga lo que quiere.

Días después, cuando se los mostré a unos amigos ─con historia incluida y demás─, ellos mostraron terror sincero y me alertaron de todas las enfermedades a las que estuve expuesto. Había olvidado, con los días, tales cosas. Llamé a Camilo a decirle mi temor que me diera una hepatitis u otra enfermedad más grave. “Cálmate, marica. Hasta tú mismo le preguntaste por las jeringa que si la cambiaba, y yo soy cuidadoso con eso; yo estaba pendiente. No va a pasar nada”. Decidí luego, calmarme un rato, pero no olvido ese dolor y que, irremediablemente, tendría que tatuarme la mejoría, o que a más de uno le pareció raro que me hiciera un tatuaje con un recién conocido.

Entonces, Camilo me llamó a eso de las 2 de la mañana; en las horas de las malas horas, contesté: “Amigo, ¿pasó algo?”. Y él, con la seguridad que tienen los ociosos, me gritó con furia, como si el mundo no estuviera durmiendo: “¡Vaya y coma, hijueputa!” Y me colgó en su acto irresponsable, y yo con cara todo el tiempo de “eche, este man, ¿qué?”.


lunes, octubre 24, 2016

Nadie del otro lado del teléfono

Publicado por Yo soy Escribidor |


«Pasó una esponja sin lágrimas por encima del recuerdo de Florentino Ariza, lo borró por completo, y en el espacio que él ocupaba en su memoria, dejó que floreciera una pradera de amapolas»
García Márquez

Hoy vino. No tuvimos, al terminar el día de ayer, una noche fácil. Nos dijimos más en lo que no lo hicimos en el viaje de vuelta a casa. «Amigo, déjame en mi casa», me dijo. Y, de paso, entre palabras cruzadas por la incomunicación del wasap, terminamos no pudiendo dormir en una almohada plácida.

Hoy vino. Vino cuando le pregunté que cómo estaba, que viniera a comer algo aquí. Llegó con el abrigo del frío de la tristeza. Sus ojos no eran los mismos. Nunca lo son. Mi amigo llora con sus ojos grandes, pero no salen lágrimas. Su llanto ─por lo menos el de hoy─ era uno que estaba en el aire en un metatexto, en un pretexto, en el texto.

Hablamos casi sin darnos cuenta que pronto se irá. Mi amigo se irá. No se irá sólo de mi casa, o se irá cuando me haya dejado donde tenía que ir, o que se vaya a comprar algo a la tienda: se irá porque decidió que los años para estar alejado del ruido mundanal de la cotidianidad, era justo para él.

Hace algunos meses, cuando solo era una insinuación torpe, yo me atreví a decirle que es evidente que nadie espera a nadie por años por un amor de amistad incomprensible. Ni de amores furtivos debajo de un palo a la sombra de la ciudad. Nadie espera a ninguno porque el tiempo nos juega la carta de la vida: cambiamos: mis arrugas al reír serán más expresivas, y tendré más canas en la barba, y tendré ─quién sabe─ unas gafas con más aumento, y ─por supuesto─ habré vivido más para saber que la gente cambia y que no mentí. Y él habrá cambiado en la forma en cómo concibe el mundo, y en cómo vivir ahora después del tiempo cuando no esté, y cambiarán sus ojos grandes llenos de juventud huida, sobre las fotos del recuerdo.

«Me he pasado todos estos días contigo», me dijo sobre la moto. Yo le dije que «Qué va, que no tiene tiempo para uno», miento, lo sé. Lo miro mirándolo en el alma. Lo abrazo despiadadamente y nuestros cuellos encajan en la perfección de quienes han vivido juntos mucho tiempo. Se ríe de vez en cuando, pero es una risa torpe. No hay por qué reír, pienso yo. Yo no tengo mucho de qué reír o celebrar porque los adioses son dolorosos cada vez.

Hoy le hablé de la prenostalgia y de la incredulidad. Sí, ya sé que he vivido los hasta pronto muy seguidos pero uno nunca se prepara para el que sigue.

Es mi amigo y siento que una parte de mí se va con él. Es un viaje voluntario ─que ahora entiendo y apoyo─, pero que no deja otra marca que mi evidente rechazo a no saber decir adiós: porque no sé decir adiós. No sé cómo se mira a los ojos mientras las manos se separan; o cuando el abrazo, irremediablemente, cese; o cuando no haya nadie del otro lado del teléfono para sonreír.

No me imagino el momento final sobre el pasillo que nos separará. Y que lo separará a él, no solo de mí, sino de su vida vivida por más tiempo en sus veintitantos años seguidos. Es la hora crucial inesperada. Es la angustia sobre la lluvia que caerá sobre Barranquilla. Es la respuesta a una pregunta no realizada. Mi adiós es quedarme en el mismo sitio viendo cómo se borra su imagen en la distancia, como un espejismo de algo que nunca fue y que me lo soñé.


Y no sabré decir adiós al pie del evidente adiós. 

miércoles, julio 06, 2016

SUMARIO: JONATHAN NO TIENE TRABAJO

Publicado por Yo soy Escribidor |



Jonathan renunció el 30 de junio. Fue todo lo que se pudo soportar en un trabajo que le quitó gran parte de la tranquilidad –de la vida, diría él-. Ahí estuvimos esperando este momento porque lo alargamos lo más posible, acaso las obligaciones económicas adquiridas durante todo el transcurso.

Su trabajo llegó a ser una piedra en el zapato para él y para los demás que estamos cercanos. Para empezar, instalar conexiones de Directv sonaba bien al principio; pero esto se complicó cuando descubrió que nunca había un horario de salida. Y se complicó más cuando sus noches eran llevadas por la universidad cuando no  podía llegar a tiempo. En varias ocasiones, su novia y yo lo esperamos sin respuesta porque andaba trabajando. Y nunca se detuvo, de ahí en adelante, todo lo peor que uno podría tener un trabajo.

Ocio
¿En qué momento el sustento se convirtió en una carga? ¿Desde cuándo trabajar fue lo más parecido al dolor? ¿Desde cuándo ahí cultivamos la desesperanza?

Para él, todo esto se constituyó en una opresión, una cárcel, una pesadilla de tantos meses en la que no había escapatoria. Se adelgazó más de la cuenta, no le alcanzaba la plata para nada, nunca llegaba a tiempo, soñó pesadillas recurrentes, tenía un compañero que hacía todo más difícil, no había permisos para ir al médico –al mejor estilo de «no se enferme porque lo echamos»-, sin contar, por supuesto, con el entramado emocional y espiritual que eso supone. Yo tuve un trabajo así y sé qué es no sentirse vivo.

Sin embargo, él siempre se resistió a ser oprimido, porque impuso ser indómito de quienes le decían qué hacer con su vida siempre. El límite llegó hasta el 30; después de eso, buscaría una especie de libertad que le garantizara sentirse un humano funcional.

Ahora, mientras disfruta de su tranquilidad, se le ve un brillo distinto en los ojos; una especie de paz por quitarse una carga inútil que le restó más en la vida. Se le ve una luz que estaba apagada, y que se aviva de a poquito a poco. Ahí va el pelao: lento pero seguro.


Ese día, en la noche, cuando le pregunté cómo le había ido con la renuncia, él con la vehemencia que tiene la gente que no teme lo que dice, afirmó: «hasta hoy trabajé para esos caras de verga». 

viernes, julio 01, 2016

SUMARIO: NO ES MI TIEMPO

Publicado por Yo soy Escribidor |

Carlos Andrés compró moto y enfatizó en llevarme todas las veces que quisiera. Sin embargo, por los imposibles, no siempre ha sido así. De hecho, al riesgo de un video que tengo donde dice que siempre me llevará o me recogerá donde esté, la realidad distó un poco. Yo, no obstante, siempre le digo que me haga el favor; cuando puede, lo hace.

Hoy le escribí temprano porque tenía dos vueltas seguidas que hacer. Le escribí reclamando una especie de libertad que me dio al pedir el favor, y, de paso, validando los acuerdos.  Nuestra conversación, alrededor de la hora fue algo así:

-¿Qué horas tienes allá para arreglar?
-Son las 10:06.
-¿En serio?
-10:07 ya. Oye, hazme un favor.
-Ando arreglando el cuarto.
-Llévame.
- ¿A qué horas?
-Ya.
- Eche, dentro de 20 minutos.
-15 minutos.
-Mi mamá me mandó a barrer y trapear: 20. Y a arreglar otras cosas.
-bueno, dale, pilas.
(Nota de voz de él: «Qué pilas ni qué mierda, hermano. Espere a que yo termine, eche».)
-Eche para usté. Te escribo en 15 minutos.

(Pasa un tiempo)

-Hey, me diste la hijueputa hora mal.
-No, en mi reloj ahora son las 11:04.
-Esa mierda está dañada. Te pedí la hora real, eche.
-Será allá. No, es la misma que tengo en mi reloj y pc. (Nota de voz de él: «Hey, cómo van a ser las 11; mira cómo está el día apenas, hey. ¡Arregla esa mierda, marica! ¡Eche, da es cola!) Son las 11,  idiota; 11:06, sea serio.
-Qué van a ser las 11 ni qué cagá.
-¿Entonces qué hora es, Carlos Andrés?
-Son las 10:10, imbécil.
-Eso ya pasó hace rato, idiota. Estás atrasado una hora
-Ya voy a bajar.

Cuando llegó afirmaba su desfase atemporal, y yo mirándole la cara mientras sólo interjeccionaba con «eche» (como si ya hubiera suficiente tantas palabras para nuestra tontera de las horas). Como algunas cosas,  siempre andamos en una hora distinta el uno del otro, como negándonos la realidad del tiempo presente, en un devenir del hoy, de mañanas y pasados envueltos en relojes en contratiempo.


De paso, hace días se quedó con un reloj mío y me lo devolvió dañado de la manilla. Él aseguró que estaba así, como si yo fuera idiota de las cosas que tengo, y del tiempo que me gusta pasar con él. 

lunes, enero 04, 2016

LA TESIS: TERCERA Y ÚLTIMA PARTE

Publicado por Yo soy Escribidor |

Primera parte
Segunda parte

Hecho
Marlon no esperó a que la coordinadora del programa buscara nuestros papeles. Él, atrevido como es, metió la mano en el último cajón donde, según pensábamos, estaban los documentos. Allí estaban. Marlon los sacó como si se hubiera ganado la copa de algún torneo deportivo. 

La coordinadora, con su parsimonia característica, pretendía explicarnos por qué no se acordaba. La verdad, frente a la rapidez de la sustentación, poco nos importaba sus apreciaciones. Corrimos de vuelta, ya más tranquilos, mientras Jubeis apenas venía llegando. 


Marlon y yo
Nos devolvimos al salón con todo preparado. Y ahí fue. Las sustentaciones deben demorar, aproximadamente, veinte minutos; sin embargo, la nuestra duró alrededor de una hora. Todo esto se dio porque uno de los evaluadores -quien todo el tiempo tuvo problemas con los tres (además porque decir pamplinadas es su especialidad)- siempre estuvo renuente del trabajo de inclusión con niños con Necesidades Educativas Especiales y, de paso, porque, como siempre supimos, nunca leyó nuestro trabajo.*


Jubeis y yo
Así pues, él se encargó de dilatar la sustentación, poniendo, en más de una ocasión, a los demás docentes en un debate alrededor de nuestro tema. Las preguntas pedagógicas fueron con malintención. No obstante el sobresalto, Jubeis mostró entereza y un dominio increíble del asunto, acaso, por supuesto, es quien más dominaba el mismo. 

A pesar del viento en contra, todo estuvo de maravilla. Luego nos fuimos a Fierabrás a celebrar un rato. Tomamos cervezas y así fue la noche. 


los tres
El día para buscar el diploma -como toda universidad pública- nos recibían como doscientas personas en la misma condición. Gritos, empujadas, risas, escándalos y, evidentemente, una que otra persona que iba a buscar su diploma por ventanilla sin saber que no eran necesario el vestido de grado con tacones y todo para hacer una fila de doscientas personas. 

A las 5 de la tarde cerrarían esa ventana donde estaban entregando, en Admisiones, los diplomas. Marlon había llegado algunas horas antes y ya, formalmente, estaba graduado. Jubeis y yo no. Por ello, Oscar, teniendo las influencias en Admisiones, entró a buscarnos los cartones. ¡Cuál fuera nuestra sopresa cuando salió, y él, literalemente, tenía unos cartones viejos y grandes! Dentro de ellos, estaban nuestros diplomas. Había que sacarlos así porque sí, supongo. 


Celebrando y Renneberg en el teléfono
Ese día también fuimos a Fierabrás. Y yo, como en analepsis siempre, pensé en cómo rayos había pasado de ser administrador de empresas a profesor de literatura. Y pensé en cómo se había pasado el tiempo, y cómo ya no estaba en la U. Y cómo, al tiempo, ya la vida había seguido. Ahí supe, casi como la primera vez en Administración, que yo siempre pensé que estar en la universidad nunca se iba a acabar. Ese día, sin que nadie lo supiera, tuve una gran nostalgia y un vacío que traté de disimular. Nadie lo supo, hasta ahora. 





Ya el tiempo ha pasado. Marlon, por su lado, se ha dedicado a viajar por Europa; se toma fotos con una máscara de marimonda. Se ve feliz. Lo es. Es muy inteligente y es buen amigo. Siempre mostró potencial -era de los mejores- en el Museo donde trabajamos juntos y nos conocimos. 


  

Una marimonda en Europa




Jubeis se graduó de una especialización. Se nota que el tiempo ha cambiado. Trata de llevar a cabo negocios, enseñar a sus estudiantes y llevar una familia. Se va a casar, dicen. En general siempre la veo feliz. Ahora está obsesionada con Homeland y ve señales en todos lados. Está un poco loca, lo sé. 
Jubeis paseando


Yo me puse a estudiar francés ahora que tenía la plata por el trabajo que tuve este año. Quedé sin trabajo al culminar éste. Leí muchos libros infantiles y descubrí escritores que me hacen llorar. Ahora sé que uno de mis libros infatiles favoritos es "El Oso que no lo era". A ratos canto en mi cuarto. He vuelto a escribir un poco. A veces pienso en otras cosas.  A veces sigo pensando en la U y en cómo pasó todo. 




Marlon y yo hacemos la tesis tomándonos fotos










*Muchas veces cavilamos que esta tesis la sacamos de rapidez y que, a pesar de ésta, fue una buena tesis. Nos preguntábamos: "joda, ¿qué tal si le hubiéramos dedicado más horas?" Y es que nuestras reuniones para hacer tesis se volvieron en tomarnos fotos y hacer imitaciones de Shakira, Pitbull y hablar del Planeta de los simios.

martes, diciembre 08, 2015

MI ARBOLITO NO ILUMINA

Publicado por Yo soy Escribidor |


 *A mis amigos: Josi y los Manduca, 
quienes siempre hicieron mis diciembres más felices 
en medio de lo imposible

Arbolito en penumbras
En mi casa se dejó de poner arbolito de Navidad. En primer lugar, el último que tuvimos, mi mamá lo regaló o algo así; en segundo lugar, al irse mis hermanas, supongo, que los hombres terminamos siendo trastes para estos menesteres. Con el tiempo me acostumbré a que no hubiera arbolito. 

Hace algunas semanas, me visistaba mi amigo J., y mi mamá le pidió el favor de poner unas instalaciones de luces que había comprado; las había comprado hace más de un año, pero nunca las puso porque, según veo, no había motivos para eso. Sin embargo, mi mamá se animó, y J., con todas las ganas, se las puso en la casa; de alguna forma, me sentí bien de poder tener luces de Navidad, acaso me remiten a unas buenas épocas de mi infancia que, quizás, no volverán. 

Días previos a estos, le escuché decir a mi mamá que éste había sido un año difícil. Se había muerto un tío -hermano de ella-, y primó, más que nada, la soledad. Luego, la enfermedad insistente de mi abuelo -su papá- que se resistía a morirse o a vivir, quién sabe. 

Mi mamá tenía razón: había  sido -o es- un año difícil: "tanto físico como emocional", dijo en la cocina. No habría motivos para celebrar a puertas de un fin de año. 

Nunca me imaginé, por ello, que un día luego de mi trabajo yo llegara a la casa y viera un arbolito de Navidad iluminado en la sala. Reconozco una extraña alegría. "Llegó la Navidad", pensé olvidando lo  malo del año, y al arbolito anterior que fue tirado, y sin saber quién la ayudó a armar éste. 

Pensar en Navidad -pensaba en estos días- es recordar esas alegrías inevitables cuando sentía, en medio de la noche, un regalo puesto sobre mi cama. Es recordar los patines que nos dieron a Adriana, mi hermana, y a mí, y que yo disfruté hasta las caídas más profundas. Quizás ni sabía a quién celebrábamos o si era a otro dios que no era el judeocristiano, o si se habían "redimido" estas fiestas. No. Para mí ver mi casa así fue recordar la novenas de mi niñez, y que les decíamos "las tutainas". Era esperar con ansias para saber qué me había traído el Niño Dios. Son los patines de los que hablé, pero también la bicicleta, el Nintendo, la familia, la ropa que estrenábamos... fue más eso porque no todo fue bueno después del tiempo: la Navidad fue las peleas de mis papás, la angustia y los gritos, la soledad y todas las veces que me fui a pasarla donde algún amigo* para no tener que sufrir lo que ya la niñez no me advirtió. 

No obstante, este nuevo arbolito illuminado, en la soledad de mi mamá y la mía, me recordó los motivos para soñar. 

Pero qué triste es la tristeza: mi abuelo murió hace unos días frente al dolor de la vida. Murió y descansó. Fue algunos días antes que llegara diciembre. Y con su muerte, murieron las luces del árbol. Ahí está. Nada lo ilumina. Ya nadie prende las luces. Mi mamá no lo hace. No sé si lo hará algunos días después; quizás sí; en serio, no lo sé. El arbolito de Navidad de mi casa no ilumina, ensombrece la sala. No hay nadie a mi lado para iluminar mi propio sendero; uno que otro, sí; pero la mayoría no. La mayoría brilla por su ausencia.

Mi arbolito con sus luces bonitas ya no brilla. No puede. 



jueves, agosto 20, 2015

UNA VOZ CONOCIDA QUE DESCONOCE LA VERDAD

Publicado por Yo soy Escribidor |


Dedicatoria

Ayer le contaba a J que a veces escucho voces conocidas en mi cabeza. Quiero creer que a todos nos pasa, aun cuando a J le pareció raro. El asunto es así: en general cuando pienso en alguien, o cuando alguien se aproxima a mi recuerdo, puedo escuchar un tono particular de ese alguien. Me sucede, también, cuando se trata de mensajes de textos, o comunicación por Wasap: en algunos casos, ciertas frases, me suenan en mi mente con la voz de quien me habla. 

Le contaba a J el caso particular con él, ese día: mi mente reprodujo en un recuerdo su voz, su risa. “A veces escucho tu risa en mi mente”, le dije. Y paso seguido, le expliqué mi situación más atípica en esto, con mi amigo L. 

A L es raro escucharle la voz. De hecho, es alguien  que cuida sus palabras, no emite un juicio sin fundamento; su voz es, más bien, silenciosa. Cuando calla, suelo escucharlo. Paradójicamente a esto, cuando hablábamos por Wasap, él era más fluido; acaso no necesitaba las cuerdas vocales para esto. Sin embargo, y muy a pesar que disfrutaba estas conversaciones, en la realidad primaba el silencio. De aquí, pues, que en cada conversación con él, por un medio diferente al del sonido, yo escuchaba en mi mente, a cada una de sus palabras, una voz que no era la de él. 

En mi mente nunca estuvo su voz real. Era una voz desconocida para mí. Supongo que, al tener pocos recuerdos de la realidad, la artimaña de la nostalgia fue otorgarle una voz que no era la de él. Un par de veces se lo comenté: “Es otra voz la que escucho cuando te leo”. A veces intentaba ajustar cada palabra al recuerdo escaso de su voz lejana, y no cuadraba. No daba. No era la voz. Era, quizás, otro L que estaba ahí en mi mente, que se reprodujo solo, que era un irreal real. Él, sabiamente, me dijo que poco a poco iría pasando, que la voz sería la de él. 

Y así fue. 

Hice la terapia, de vez en cuando, lo llamaba por teléfono; y aunque evidentemente dominaba la conversación yo, sus pocas palabras me ayudaron a sincronizar mi realidad. Poco a poco, en algunas frases, en algunas risas, en algunas palabras, fui notando cómo la voz intrusa cedía paso a la de L y a sus sonidos. Poco a poco –tenía razón él-, ya las frases no me eran desconocidas, ya se me ajustaban a la situación. 

Pero eso cambió. 

Por aspectos que nada tienen que ver con esta entrada, tuvimos que separar las distancias. Cada uno lo asumió con entereza, y, por supuesto, era lo mejor, no sólo para los dos, sino para una colectividad que miraba la viga en el ojo ajeno. De eso, ya hace algunos meses. Quedamos en hablar cuando se pudiera. 

Hace poco, en mis quehaceres de vida, lo recordé. Y noté, tristemente, que había vuelto la voz intrusa, y que no sabía cómo era su voz: Lo había vuelto a olvidar. No era L y sus pocas palabras. No era L y sus silencios dicientes. Era el usurpador de la nostalgia que resucitó sin darme cuenta. 

Entonces nos vimos por fin para aclarar las diferencias nefastas del ayer, ahora que la marea bajó. Y para mi sorpresa, ha sido el momento donde más lo escuché. Claro, y me habló, una vez, con un gesto que no desconocía. Era un gesto que había visto en alguien más cuando estaba a punto del colapso, pero nunca en L. Y tuve miedo. Tuve temor de un colapso próximo porque su gesto así me lo decía. 

Pero no hubo colapso en él.

Y lo escuché. 

Y noto que su voz ya no es la intrusa. 

Por ahora, por lo menos.