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miércoles, diciembre 02, 2020

Crispeta 2

Publicado por Yo soy Escribidor |




Entonces, en la noche, en medio de las reflexiones del miedo, me fui a la sala a contarles a mi cuñado y a mi hermana. Y fui viendo cómo el temor acerca de algo que no era claro empezó a nacer como si un cactus atravesara la planta del pie. Hicimos conjeturas. Reconstruimos mis incertidumbres. Barajamos dudas. Todo dirigía a algo: era posible un fraude o un atraco, «como están las cosas», dijimos. 

Llamé a Claro porque atienden a cualquier hora. Me dijeron que, en efecto, ellos estaban regalando cosas, pero que nuestro teléfono no registraba. «No le abran la puerta a nadie, ni acepten nada», me dijeron.

También había ido donde la vecina porque ella también tiene Claro. Le eché el cuento y prometieron estar alertas a alguna vaina, porque a ella no le habían dicho que le iban a regalar nada. ¡De dónde a acá!

Mi cuñado llamó al número del supervisor. Para no levantar sospechas dijo que había encontrado unas llamadas perdidas de ahí. El supervisor —o potencial ladrón o asesino serial, qué sé yo— preguntó para sí que si había sido algún domiciliario al que él le pudo prestar el teléfono; a mi hermana le pareció convincente, aunque después de las interpretaciones dubitativas del man, mi cuñado nos hizo dudar la veracidad de la honestidad del personaje que nos hablaba del otro lado  

Ya, en ese punto, vimos la cuestión complicada. Mi hermana llamó a esa hora de la noche a un vecino policía a ver si, llegado el caso, había posibilidades de tener a la mano un teléfono. Por mi lado, ya dejando que pasara el río de la vida por encima, decidí que al día siguiente llamaría a la empresa de envíos en Bogotá. 

En la mañana, tal como cuadramos, y frente al aviso del posible ladrón que llegaría, llamé a Bogotá. Allá, en efecto, me dijeron que el gerente se llamaba de tal forma —aunque esto no me tranquilizaba porque yo quisiera llamarme Xavier Dolan, y podría hacerlo en una llamada telefónica—, y que el número sí correspondía al que me dio el supervisor —lo cual, me enfrentaba a esa delgada línea de incertidumbre frente al peligro—. En todo caso, quedaron en reportar el asunto y verificar mi regalo de Claro. 

Sin embargo, en la reflexión de la llamada, notamos aspectos de veracidad. Y yo me dije que si traía algo le iba a decir que lo dejara en la puerta y yo salía después, o que me hiciera el favor y lo dejara con la vecina. 

Al pasar las horas, llegó el supervisor. Desde este lado reconocí su voz y su físico. «Mi hermano...  —dijo—, yo te dije que iba a traer tu obsequio», y yo, con cara de recibir la crispetera, pero con miedo del miedo, vi cómo traía en sus manos lo que debía ser mi máquina para hacer crispetas: 

¡Una taza! Esa era la grandiosa crispetera que casi nos lleva al colapso. La recibí con una sonrisa, mientras la vecina se mantuvo pegada a la reja todo el tiempo vigilando el asunto. 

«Estamos en la jugada, porque, ajá, uno no sabe. Estábamos pendientes por si cualquier cosa llamábamos a la policía. Ajá, como están las cosas», dijo la vecina. 


Viene de aquí

lunes, noviembre 09, 2020

CIUDAD Y ASOMBRO

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Yo soy de esos sorprendidos que insisten en que los demás también vean mis esporádicas sorpresas. Siempre digo que me sorprendo poco, pero me gusta pensar ─un poco karlbarthiano*─ que es necesario el asombro para poder vivir. En todo caso, la Barranquilla pandémica me sorprende; y no me sorprende porque hayamos llegado al pico antes que todos en el país, o que la gente ya renunció a su suerte y está a la de Dios por ahí, ni siquiera las fiestas de esquina con todo el trago infernal del mundo, no me sorprende que nos hemos cansado del encierro y que visitamos a los amigos y a los cinco minutos ya estamos sin tapabocas; quisiera decir acerca de estas y otras cosas, pero no. Lo que en realidad me sorprende es ese despertar biciclético que hay en la ciudad. 

Yo era de esos que, a falta de plata, empezaron a usar la cicla. Se lo debo a mi amigo David, que un día, desprevino, me la dejó para que la cuidara y luego se convirtió en mi constante. Pero vino la cuarentena y allí la arrumé, en el patio, con unos plásticos encimas; pero la gente, recién pudo salir, no dudó en hacerlo ─se me ocurre imaginarme un universo distópico en el que un virus mortal invade la vida, y que la gente solo se salvaría si sale todos los días a hacer ejercicio; la gente corre y corre diariamente y que quien no lo haga morirá irremediablemente─. 

De noche, a lo largo de la ciudad, Barranquilla es otro mundo donde las ciclas invadieron la cotidianidad. Me alegra mucho eso. En el Malecón, por ejemplo, la gente está entusiasmada con el deporte, con trotar, con patinar. No se les ve la cara en sus tapabocas, a veces, pero hay miradas de complicidad entre todos. 

Todo esto me sorprende porque hemos sido dejados para el ejercicio por largo años, y si hay algo que nos permitió la pandemia es la idea de salir a sudar. Me parece, después de todo, que ese ánimo de salir, que la mayoría termine en el Malecón ─con ese río salvaje que es el Magdalena─, es enfrentarse a una libertad de cielos abiertos, de gente que no se conoce, pero que corre como hacia ningún lado, de esfuerzo por una meta, por vivir, por seguir adelante, o como si el mundo no se hubiera detenido por una enfermedad y que le huimos en la cicla hasta ver ese Magdalena que crece ─porque las lluvias son inclementes─, y se ve el río como amenazando una catástrofe.  

Yo disfruto ver a la gente en cicla. A veces también me imagino que al acabar la pandemia, la gente se resignará a su vida anterior: ya no habrá necesidad de salir porque ya salimos todos. Por lo pronto, me monto en mi cicla y pedaleo. Confieso, con pena, que muchas veces, a mitad de camino, tengo la sensación de que me cansaré y que nunca llegaré al destino. Eso me pasa y suelo temer. 


*Karl Barth habla del asombro ✌.

jueves, noviembre 05, 2020

COVID-TODOS LOS NÚMEROS

Publicado por Yo soy Escribidor |


Hoy salí temprano a acompañar a alguien a una cita médica. A veces hay que tener más valor para la compañía de quien se somete al escrutinio de un tercero. Resulta que, estando por allá, me quedaba cerca el sitio de mi EPS para solucionar un asunto de pagos de un trabajo temporal ─quizás me anime a contarlo después─. Fui con la disposición de quien ha logrado desayunar con el otro un par de quibbes y jugo de naranja: estaban buenos, pero algo caros en el conjunto para un desayuno. En todo caso, allá fui a resolver mi asunto. 

Estando en la EPS me ofrecieron la prueba del covid de forma gratuita ─la gratuidad de la potencial enfermedad─. Tuve temor. He visto el largo hisopo que llega a ese lugar recóndito donde no alcanzan mis dedos y que me produce un temor que no me pertenecía, como si eso fuera para los demás y no para mí. 

Entre una y otra cosa, dije que sí, que iba pa esa. Entré a un sitio oficinesco y rutinario. Los trabajadores seguían pegados a sus PC, haciendo quién sabe qué, como si no pasara nada de tapabocas para afuera. Al fondo del lugar, un enfermero ─por lo menos disfrazado de uno─ que me tomó los datos y que tuvo que repetir llenar el formulario cuando escribió mal mi número telefónico. 

Me dijo que me bajara el tapabocas, solo dejando libre la nariz. Que respirara normal. Que no duraba mucho. El hisopo entró a la profundidad de una lágrima y sentí que no pude respirar más. El enfermero le dio vueltas como reforzando un punto discursivo. Lo sentí como una quemadura con lápiz. «Respira hondo». Lo hice y fue trayendo de vuelta el hisopo, mientras yo sentía que me cortaba el presente. Las lágrimas indómitas en mi ojo permanecían: era un solo ojo: del mismo lado de la fosa nasal del examen; y luego sentí un ardor en la nariz ─como si me hubiera metido un crayola─ que se me quitó a las horas. 

¿Qué enfermedad es esta que para saberla hay que irla a buscar donde no ha entrado un recuerdo?

martes, noviembre 03, 2020

AFÁN

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 Tuve tanto afán —haciendo casi las mismas cosas de siempre: sentarme en el pc, escribir, comer, entrenar, salir, caminar, almorzar, estirarme, pensar, mirar las matas, bañarme, mirarme el pelo y decirme que está bonito y que va creciendo, sacar la ropa, meter la ropa, tomar vinagre de manzana para el colon, mear, cagar, recibir a Jonathan para que almuerce, responder correos, responder wasap, responder por la vida, responderle a mi mamá, rodar la mesa, regresarla al sitio, ver tv o no ver tv, escoger qué medias y qué zapatos, pensar en la muerte, pensar en el covid y si tengo o ya me dio o lo tendré, leer bobadas, tener minutos cortos de ansiedad y así y así— que casi no publico hoy. 

viernes, septiembre 21, 2018

Agua sobre la sombra

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Sombra y recuerdo
«Te busco perdido entre sueños.
El ruido de la gente
me envuelven en un velo»

Cada vez que sueño con este amigo en particular, me levanto en medio de la noche llorando. Es como si la vida se me fuera ahí porque solo quedó en las pesadillas nocturnas. Es un llanto desconsolador como el de los adioses que he dado que sé que no tienen remedios.

Aunque, siendo sinceros, no nos hemos dicho adiós de forma directa porque siempre hemos estado claro en los sobrentendidos; nuestros códigos siempre fueron los mismos, incluso en las lágrimas compartidas. Es que tan solo nos fuimos yendo, poco a poco, sin esperar, como lo inevitable de las cosas, el ruido que cae sobre el techo o un arroyo salvaje que se lleva todo lo que ve.

Nos vimos en su cumpleaños hace unos meses, con nuestras posturas impostadas, uno del otro, y la sonrisa que se contraponía a las lágrimas de mis futuros sueños nocturnos.

Y ahora, como si pagara un karma extraño, su recuerdo me sigue en las noches. Ahí, en  medio de la oscuridad de la vida, arremete la memoria con un universo distinto donde lloro de verlo, de que esté ahí, de que nos extrañemos, de que ya se fue y no ha sido... Nos fuimos y quedó un respirar donde sé luego que todo fue un sueño y que ya pasará. Pero no pasa. Se queda allí ahora en el día que no lloro, como alimentando la nocturna nostalgia para mortificarme la existencia y no dejarme ser, sin estar atado a su corazón. No hay una tiniebla que diluya la sombra.

Cada vez que sueño con este amigo en particular, me levanto en medio de la noche llorando, lastimosamente, nadie me consuela, como siempre.

sábado, septiembre 30, 2017

Lágrimas sin punto sobre las íes

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A uno. A todos.


Llegaste luego de un mensaje de alerta: «No puedo estar aquí», dijiste. Yo accedí más por el asombro que por algo más encallado en la inmediatez. El asombro de que algo iba peor de lo que pensaba. Ese día vi tus ojos de un color nostalgia; me era desconocido. Era un dolor que se partía infinitesimal sobre la ausencia del recuerdo. 
No vi consuelo, y no supe darlo enseguida: algunas palabras torpes que siempre salen como remedo de explicaciones de cómo debería ser la vida. Pero quizás no lo es. Mis palabras eran pocas, frente a las lágrimas del abandono. Eran modestas sobre el rostro, pero estaban brillando con afán sobre las razones de la vida.


Ahí te devolví un favor. Un favor que no me pediste: ahí intercambié mi llamada nocturna, de esa vez, donde lloré desde el otro lado del teléfono, y del otro lado de la desesperación. Allí lloré sin consuelo. Como quienes lloran cuando están frente al precipicio.  Como a quienes  se les acabó el último segundo de consciencia. Como quienes  lloran para no volver a hacerlo nunca más. Y allí, en ese cruel momento, tu silencio fue una epifanía siniestra que se descifraba en el humo de mis sollozos. 

Y ahora tú, frente a mí, con tus lágrimas. Y yo, con mi mano estirada oro por ti. No sé si para entender que hubiera un dios en algún lado; más bien, para que supieras que no estabas solo; que el dolor es compartido en medianos puntos sobre las íes

Y me agradeciste con afecto en medio de un abrazo a medias. 
Un consuelo sin serlo. 
Un esfuerzo para vencer la muerte. 
Un grito callado para darnos la mano para seguir.
Una lágrima que se seca. 
Y una esperanza que se resiste a caer en el piso del olvido. 


martes, agosto 15, 2017

CORTO: ANSIEDAD

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En las mañanas de mis recientes y silenciosas crisis del pánico, no podía definir bien cuál era el sentimiento que me abrigaba. Ayer, hablando con uno de mis mejores amigos, casi en la misma situación, puso las palabras en algo que no podía yo: «Es como que te levantas pensando con una lista de cosas que tienes que hacer… pero no sabes cuáles son, ni cómo llevarlas a cabo».



martes, abril 25, 2017

NO SER

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«"Ser fiel a uno mismo" es la infidelidad infinita; y "ser uno mismo", la continua limitación».
Henderson, G.



Recuerdo estar en el colegio y que fuera habitual escribirle a los compañeros ─entre tantas promesas de amor por siempre y demás─ Nunca cambies. En ese momento, quizás como reforzando quiénes éramos en nuestra adolescencia, nos resultaba cómodo ─no esperanzador, porque, en mi caso, no tenía la noción de esperanza alguna─ que ciertos amigos no cambiaran; no sé si nos referíamos a quedarnos en el letargo de una edad imposible y de unos problemas que no existían. Era mi época. 


Hace algunos días, uno de mis mejores amigos me mandaba un par de cosas por wasap que, del todo, no son de mi interés o que, simplemente, yo estaba pensando en otro asunto (los amigos nos mandamos cosas tontas, lo sé). Sin embargo, en un momento del asunto, yo me perdí en mis pensamientos y recordé el tránsito que él ha recorrido de unos meses para acá, incluyendo un par de lejanías obligatorias y su ahora. Yo, quizás sin la malintención con que se pudiera leer, pero sí consciente de lo que veía de él, me atreví a decirle: «Has cambiado».

No obstante mi frase, mi sorpresa llegó cuando él, en diatriba violenta, arremetió: «tú eres peor...», y justo ahí, sin esperármelo, agregó dos adjetivos que no vienen al caso, pero que sí dejaron claro qué piensa de mí detrás de la cortina. 

Allí mismo, yo le pregunté en ese tono de aliteración: «¿te hace bien decirme cosas así porque dije que has cambiado?». Y él fue tajante al afirmar con su anáfora que «me hace lo que te hace a ti». Sus palabras. Después tuvimos un par de intercambios más tratando de llegar a un punto. Hasta ahí sus pronunciamientos no fueron catastróficos para mí; sin embargo, con el paso de las horas, y en la reconstrucción del asunto, me fui sintiendo algo contrariado. 

Y creo que él tiene razón en lo que intentaba decirme: él sigue siendo el mismo. Él no ha cambiado. Quizás yo sí. No hay buenos ni malos en el asunto. Ha mejorado ─o crecido─ y eso lo confundí con un cambio más profundo, pero no es el cambio que él pensó leerme y que yo resemantizo. Yo he cambiado, y pienso que así debe ser para mí: no pretendo ser el mismo en cada día, aunque no parezca; quiero re-hacerme con el pasar de los días; de absolutismos y esperanzas falsas ya me he ido despejando para no tener que reencontrarme con el mismo yo todas las veces: yo no quiero ser fiel a mí mismo si eso supone ser un manojos de lugares comunes. 

Yo, al igual que antes, me miro al espejo y veo mis cambios sobre mi cara, pecho, pelo, esternón, ojos, vida, existencia, temperatura, angustias, verdades, secretos... hasta mis dientes, mis uñas escondidas, mi vello que no está, mis vueltas en la cabeza ─con los pájaros que anidan─ y los recortes de papel periódico que ya no leo. Y quiero poder reconstruirme y que a mis cercanos también me los vaya encontrando en el Camino transformador, y seguros que han cambiado, así implique el error y la vergüenza. 

Con tanta agua debajo del puente de la vida, quedarme en la otrora adolescencia de nunca cambies es una involución que no debería permitirme. ¿Que si soy mejor ahora que antes? No lo sé, pero sí quiero verme a los ojos y saber que ahí hay alguien a quien amar, sin que se me impongan que sean sin pasos falsos, porque la vida y la Vida ─para entendidos en mayúsculas─ posee pasos falsos, y tal como respondí: ya fui curado de esperanzas falsas ─o lo estoy haciendo con todas las teodiceas macabras─,  tengo mejor fe anterior a esa predicación*, o eso pretendo. 




*Monja Guerrillera. 

sábado, diciembre 24, 2016

SUMARIO: CAMILO O UNA CRUZ DE DISFEMISMOS

Publicado por Yo soy Escribidor |

“… y no aceptar jamás la opinión contraria, y las posibilidades innegables de reírse como locos y sentirse por encima de la humanidad, doliente so pretexto de ayudarla a salir de su mierdosa situación contemporánea”.
Rayuela, 44


El celular sonó a eso de la 1:30 de la mañana. Pudo haber sido, pienso yo, casi las 2. A esa hora cualquier llamada suena a mal presagio. Era Camilo. Angustiado por la hora, contesté sin dudar: “Amigo, ¿pasó algo?

Algunas semanas antes, había conocido a Camilo quien, de un momento a otro, se convirtió en mi amigo de tardes y noches, y como especie de un oasis de soledad de otras ausencias. Un día, sabiendo yo que su trabajo era sospechoso ─era un horario indescifrable que se resumía en estadías en su casa todo el tiempo─, le dije que me acompañara a comprar unas telas para un proyecto de negocio que íbamos a tener en curso.

Él aceptó. Me buscó esa tarde al colegio donde da clases Jubeis; allí estaba yo recibiendo las últimas indicaciones en cuanto a comprar tela. Asunto que, como se sabrá, no es de mi vasta competencia.

El mejor sitio para ir era William Chams, ese que queda en la 72 con 43. Allí, en medio de la comprada de tela, sin reparo de alguna clase, él me miró como escrutándome sobre mis tatuajes, y con la astucia de quien necesita un dos, me dijo: “Cuando yo te veo, me dan ganas de hacerme tatuajes”. Y yo, complaciente en las promesas a los amigos, le respondí: “Bueno, dale. Un día nos hacemos uno juntos”.

Sin conocerlo mucho, en medio de las telas, me tentó: “vamos a hacérnoslo hoy”. Y yo con cara de “eche, este man, ¿qué?” “¿Qué nos hacemos?” “Una cruz chiquita, chévere”, dije yo confiando en la sensatez de las personas. Además, ¿con qué plata uno se tatúa de un momento a otro? Yo descansando en el criterio de los demás, me descuidé mientras lo vi hacer una llamada. De pronto, como quien sorprende a alguien robándose un helado que guardó en su nevera, lo escucho decir: “Pagó, qué. Treinta pesos los dos… eso va”.

─Camilo ─le digo─ yo no me voy hacer tatuajes de treinta mil pesos.
─No pasa nada, marica. Ese man tatúa bien.

Hasta ese momento, mi escepticismo ya tenía otro rostro. ¿En qué cabeza cabe tanta irresponsabilidad? Pero accedí, por lo menos a acompañarlo.

Era una casa en Barrio Abajo que, en mi ficción mental, es justo la casa como sería una donde venden basuco: una casa atiborrada de mucha gente, en distintos cuartos que son piezas donde hay vidas distintas; unas paredes oscuras, negras de la noche y otras oscuridades. Y las tristeza de la gente… la tristeza de esa pareja que nos recibió con cara de necesidad de salvación del caos de la vida; quizás una tristeza de la resignación de las cuatro paredes.

Y, de pronto, como quien no quiere la cosa, como en una especie de cirugía plástica ilegal, luego del dibujo sobre un papel viejo y pegado en el costado de Camilo, el tatuador daba trazos. “Duele, marica”, decía mi amigo, aunque no parecía así mientras le hacían la cruz al costado. “Camilo, no estoy seguro de hacerme esto”. “Fresco”, dijo y yo me confíe, antes que agregara: “…pero si no te lo haces quedarás para siempre como un faltón”. Y en eso se basó nuestra amistad: en idas y venidas de descréditos hacia el otro, en una forma de querer basada en unas diferencias plenas, en el insulto de la mañana entre el imbécil y el bruto que él odia, y en un par de groserías que me hacían reír todo el tiempo; pero sobre todo en un cariño tácito que va más allá del código lingüístico: la lealtad.

En medio de todo este caos que pasaba por  mi  mente, llegó una muchacha a quien le habían hecho un tatuaje en días previos, pero que ─quién sabe por qué─ se le borró  dejando al descubierto un tatuaje anterior que se resistía a morir; ella iba a ser tatuada nuevamente para borrarse los rastros de los fracasos anteriores. Ella habló que había ingresado a un trabajo en la Olímpica y que para la entrevista se escondió el tatuaje; por lo menos, se lo tenía que medio arreglar. Era un caos que aumentaba mi ansiedad.

cruces de costado
Cuando llegó mi turno, cagado del miedo, me aferré a la posibilidad de la amistad como medida. Ignorando que ─lo que dicen─ el tatuaje en las costillas duele mucho, y que era un rapidito ahí de rapidez rápido para que se pasara el dolor. Sin embargo, qué poco sabía yo que ha sido el tatuaje más doloroso que me he hecho hasta ahora; quizás, he pensado, es que me sentía abrumado del sitio y esto desencadenó, incluso, una especie de temblereque que no podía contener. Dolió y mucho: como media hora de angustia viéndole la cara al pendejo de Camilo que decía que estaba quedando bien.  Pero el tatuaje quedó medio chueco en el travesaño horizontal. El de Camilo quedó mejor; no obstante, dándome ánimos en mi insensatez, me dije todo el tiempo que uno paga lo que quiere.

Días después, cuando se los mostré a unos amigos ─con historia incluida y demás─, ellos mostraron terror sincero y me alertaron de todas las enfermedades a las que estuve expuesto. Había olvidado, con los días, tales cosas. Llamé a Camilo a decirle mi temor que me diera una hepatitis u otra enfermedad más grave. “Cálmate, marica. Hasta tú mismo le preguntaste por las jeringa que si la cambiaba, y yo soy cuidadoso con eso; yo estaba pendiente. No va a pasar nada”. Decidí luego, calmarme un rato, pero no olvido ese dolor y que, irremediablemente, tendría que tatuarme la mejoría, o que a más de uno le pareció raro que me hiciera un tatuaje con un recién conocido.

Entonces, Camilo me llamó a eso de las 2 de la mañana; en las horas de las malas horas, contesté: “Amigo, ¿pasó algo?”. Y él, con la seguridad que tienen los ociosos, me gritó con furia, como si el mundo no estuviera durmiendo: “¡Vaya y coma, hijueputa!” Y me colgó en su acto irresponsable, y yo con cara todo el tiempo de “eche, este man, ¿qué?”.


lunes, octubre 24, 2016

Nadie del otro lado del teléfono

Publicado por Yo soy Escribidor |


«Pasó una esponja sin lágrimas por encima del recuerdo de Florentino Ariza, lo borró por completo, y en el espacio que él ocupaba en su memoria, dejó que floreciera una pradera de amapolas»
García Márquez

Hoy vino. No tuvimos, al terminar el día de ayer, una noche fácil. Nos dijimos más en lo que no lo hicimos en el viaje de vuelta a casa. «Amigo, déjame en mi casa», me dijo. Y, de paso, entre palabras cruzadas por la incomunicación del wasap, terminamos no pudiendo dormir en una almohada plácida.

Hoy vino. Vino cuando le pregunté que cómo estaba, que viniera a comer algo aquí. Llegó con el abrigo del frío de la tristeza. Sus ojos no eran los mismos. Nunca lo son. Mi amigo llora con sus ojos grandes, pero no salen lágrimas. Su llanto ─por lo menos el de hoy─ era uno que estaba en el aire en un metatexto, en un pretexto, en el texto.

Hablamos casi sin darnos cuenta que pronto se irá. Mi amigo se irá. No se irá sólo de mi casa, o se irá cuando me haya dejado donde tenía que ir, o que se vaya a comprar algo a la tienda: se irá porque decidió que los años para estar alejado del ruido mundanal de la cotidianidad, era justo para él.

Hace algunos meses, cuando solo era una insinuación torpe, yo me atreví a decirle que es evidente que nadie espera a nadie por años por un amor de amistad incomprensible. Ni de amores furtivos debajo de un palo a la sombra de la ciudad. Nadie espera a ninguno porque el tiempo nos juega la carta de la vida: cambiamos: mis arrugas al reír serán más expresivas, y tendré más canas en la barba, y tendré ─quién sabe─ unas gafas con más aumento, y ─por supuesto─ habré vivido más para saber que la gente cambia y que no mentí. Y él habrá cambiado en la forma en cómo concibe el mundo, y en cómo vivir ahora después del tiempo cuando no esté, y cambiarán sus ojos grandes llenos de juventud huida, sobre las fotos del recuerdo.

«Me he pasado todos estos días contigo», me dijo sobre la moto. Yo le dije que «Qué va, que no tiene tiempo para uno», miento, lo sé. Lo miro mirándolo en el alma. Lo abrazo despiadadamente y nuestros cuellos encajan en la perfección de quienes han vivido juntos mucho tiempo. Se ríe de vez en cuando, pero es una risa torpe. No hay por qué reír, pienso yo. Yo no tengo mucho de qué reír o celebrar porque los adioses son dolorosos cada vez.

Hoy le hablé de la prenostalgia y de la incredulidad. Sí, ya sé que he vivido los hasta pronto muy seguidos pero uno nunca se prepara para el que sigue.

Es mi amigo y siento que una parte de mí se va con él. Es un viaje voluntario ─que ahora entiendo y apoyo─, pero que no deja otra marca que mi evidente rechazo a no saber decir adiós: porque no sé decir adiós. No sé cómo se mira a los ojos mientras las manos se separan; o cuando el abrazo, irremediablemente, cese; o cuando no haya nadie del otro lado del teléfono para sonreír.

No me imagino el momento final sobre el pasillo que nos separará. Y que lo separará a él, no solo de mí, sino de su vida vivida por más tiempo en sus veintitantos años seguidos. Es la hora crucial inesperada. Es la angustia sobre la lluvia que caerá sobre Barranquilla. Es la respuesta a una pregunta no realizada. Mi adiós es quedarme en el mismo sitio viendo cómo se borra su imagen en la distancia, como un espejismo de algo que nunca fue y que me lo soñé.


Y no sabré decir adiós al pie del evidente adiós. 

lunes, agosto 22, 2016

NO FUI FAMOSO SEGUNDA PARTE: Era mi soledad sin nombre

Publicado por Yo soy Escribidor |

De esta forma me hice administrador de empresas. Fui buen alumno, me gradué por promedio y creo haber abandonado mi deseo infantil de ser actor. Descubrí luego, en un fracaso rotundo en lo laboral, que acercarme a todo lo que pintara a un trabajo oficinesco me producía ansiedad y estrés. Esa etapa de mi vida ─que no ahondaré ahora─ fue de mis grandes desilusiones humanas porque perdí el sentido del ser, acaso ya no era yo.

No era yo o, quizás, me desconocía en oficios de este tipo. Ya no tenía ─ ¡como si lo tuviera hoy!─ un poder para hacer algo que me dignificara frente a los demás. Había fracasado y eso era lo que se me leía en la vida.

Amarre de zapato
En mis citas sicológicas en todo este asunto, la terapeuta me recomendó buscar qué hacer a nivel profesional y académico porque, según ella, no encajé bien como administrador de empresas, y mi reciente crisis de pánico lo confirmaba tajantemente. En alguna ocasión pensé en ser profesor de español ─sin saber de pedagogía o que me gustara─, era un asunto, más que nada, por mi pasión por leer literatura y de mi pasado escolar en un concurso de ortografía; fuera de eso, no pensaba en ser un profesor.

Aun así, frente a los temores que eso suponía, yo decidí ir a la Normal Superior a averiguar cómo era el asunto de los ciclos complementarios y si había algún énfasis en Español y Literatura. Ese día cuando fui, había un mundo de gente que pedía información de todo tipo y de ambigüedades que no pretendía conocer. Allí no tuve lo que quise y, de paso, porque noté que no era mi ambiente según me sentía emocionalmente. Al salir de ahí, a cualquier riesgo, me dije que estudiaría Licenciatura en Humanidades y Lengua Castellana ─luego le cambiaron el nombre que es el título que tengo: Español y Literatura─. Era, para mí, lo más parecido a estudiar algo con literatura que me podía costear en una universidad pública y que me acercara a escribir y a escribirme. Así me inscribí en la universidad pública de la ciudad.

Hice el examen sin pretensiones. A ese punto de la vida, de cualquier forma, el acto contestatario de pretender estudiar otra cosa, ya era ganancia en mi proceso de crisis de pánico. Siendo realistas, nunca pensé que podría ingresar; hice el examen más porque era lo que debía ─en una oposición a lo que sentía─ que porque me apasionara estudiar alrededor de cinco años más en temas pedagógicos. Y quedé.

No tenía amigos que me acompañaran en el primer día de clases. Era una soledad impuesta. Una soledad resignada. Una soledad que me anunciaba derrotas pasadas. No sería administrador ─más que en mi título─, ni comunicador social ─sin título─. Era mi soledad sin nombre. Una soledad que me llevaba a una esfera desconocida: un túnel oscuro e incierto.

Pero mi soledad estuvo acompañada al paso de los meses. Recuerdo esas primeras clases de Teorías Literarias que daba Edmundo Ramos. Él, un profesor desquiciado, con un pelo rebelde ─como sus respuestas─ que se halaba con sus dos manos cuando la emoción de su explicación llegaba a un clímax inesperado. Eran clases magistralmente fantásticas que me impresionaban en cosas que no sabía de la literatura.

También me marcó una clase de Desarrollo Humano, en primer semestre, la profesora se llamaba Emiluz. Era un docente que parecía que lo supiera todo de todo. A ella me le acerqué a culminar una clase, a esbozarle mi vida, y ella, mirándome con una sonrisa ─que ahora descifro como premonitoria de un caos─, me dijo: «Aquí no te mueres de una vez, sino poco a poco; pero, por lo menos, serás más feliz»…

 Viene de Aquí


Va a la tercer parte

miércoles, julio 06, 2016

SUMARIO: JONATHAN NO TIENE TRABAJO

Publicado por Yo soy Escribidor |



Jonathan renunció el 30 de junio. Fue todo lo que se pudo soportar en un trabajo que le quitó gran parte de la tranquilidad –de la vida, diría él-. Ahí estuvimos esperando este momento porque lo alargamos lo más posible, acaso las obligaciones económicas adquiridas durante todo el transcurso.

Su trabajo llegó a ser una piedra en el zapato para él y para los demás que estamos cercanos. Para empezar, instalar conexiones de Directv sonaba bien al principio; pero esto se complicó cuando descubrió que nunca había un horario de salida. Y se complicó más cuando sus noches eran llevadas por la universidad cuando no  podía llegar a tiempo. En varias ocasiones, su novia y yo lo esperamos sin respuesta porque andaba trabajando. Y nunca se detuvo, de ahí en adelante, todo lo peor que uno podría tener un trabajo.

Ocio
¿En qué momento el sustento se convirtió en una carga? ¿Desde cuándo trabajar fue lo más parecido al dolor? ¿Desde cuándo ahí cultivamos la desesperanza?

Para él, todo esto se constituyó en una opresión, una cárcel, una pesadilla de tantos meses en la que no había escapatoria. Se adelgazó más de la cuenta, no le alcanzaba la plata para nada, nunca llegaba a tiempo, soñó pesadillas recurrentes, tenía un compañero que hacía todo más difícil, no había permisos para ir al médico –al mejor estilo de «no se enferme porque lo echamos»-, sin contar, por supuesto, con el entramado emocional y espiritual que eso supone. Yo tuve un trabajo así y sé qué es no sentirse vivo.

Sin embargo, él siempre se resistió a ser oprimido, porque impuso ser indómito de quienes le decían qué hacer con su vida siempre. El límite llegó hasta el 30; después de eso, buscaría una especie de libertad que le garantizara sentirse un humano funcional.

Ahora, mientras disfruta de su tranquilidad, se le ve un brillo distinto en los ojos; una especie de paz por quitarse una carga inútil que le restó más en la vida. Se le ve una luz que estaba apagada, y que se aviva de a poquito a poco. Ahí va el pelao: lento pero seguro.


Ese día, en la noche, cuando le pregunté cómo le había ido con la renuncia, él con la vehemencia que tiene la gente que no teme lo que dice, afirmó: «hasta hoy trabajé para esos caras de verga». 

viernes, julio 01, 2016

SUMARIO: NO ES MI TIEMPO

Publicado por Yo soy Escribidor |

Carlos Andrés compró moto y enfatizó en llevarme todas las veces que quisiera. Sin embargo, por los imposibles, no siempre ha sido así. De hecho, al riesgo de un video que tengo donde dice que siempre me llevará o me recogerá donde esté, la realidad distó un poco. Yo, no obstante, siempre le digo que me haga el favor; cuando puede, lo hace.

Hoy le escribí temprano porque tenía dos vueltas seguidas que hacer. Le escribí reclamando una especie de libertad que me dio al pedir el favor, y, de paso, validando los acuerdos.  Nuestra conversación, alrededor de la hora fue algo así:

-¿Qué horas tienes allá para arreglar?
-Son las 10:06.
-¿En serio?
-10:07 ya. Oye, hazme un favor.
-Ando arreglando el cuarto.
-Llévame.
- ¿A qué horas?
-Ya.
- Eche, dentro de 20 minutos.
-15 minutos.
-Mi mamá me mandó a barrer y trapear: 20. Y a arreglar otras cosas.
-bueno, dale, pilas.
(Nota de voz de él: «Qué pilas ni qué mierda, hermano. Espere a que yo termine, eche».)
-Eche para usté. Te escribo en 15 minutos.

(Pasa un tiempo)

-Hey, me diste la hijueputa hora mal.
-No, en mi reloj ahora son las 11:04.
-Esa mierda está dañada. Te pedí la hora real, eche.
-Será allá. No, es la misma que tengo en mi reloj y pc. (Nota de voz de él: «Hey, cómo van a ser las 11; mira cómo está el día apenas, hey. ¡Arregla esa mierda, marica! ¡Eche, da es cola!) Son las 11,  idiota; 11:06, sea serio.
-Qué van a ser las 11 ni qué cagá.
-¿Entonces qué hora es, Carlos Andrés?
-Son las 10:10, imbécil.
-Eso ya pasó hace rato, idiota. Estás atrasado una hora
-Ya voy a bajar.

Cuando llegó afirmaba su desfase atemporal, y yo mirándole la cara mientras sólo interjeccionaba con «eche» (como si ya hubiera suficiente tantas palabras para nuestra tontera de las horas). Como algunas cosas,  siempre andamos en una hora distinta el uno del otro, como negándonos la realidad del tiempo presente, en un devenir del hoy, de mañanas y pasados envueltos en relojes en contratiempo.


De paso, hace días se quedó con un reloj mío y me lo devolvió dañado de la manilla. Él aseguró que estaba así, como si yo fuera idiota de las cosas que tengo, y del tiempo que me gusta pasar con él. 

domingo, febrero 28, 2016

Carta al alegre nostálgico

Publicado por Yo soy Escribidor |

Benkos a ojo cerrado
Siempre son tus ojos infantiles. Uno ve los ojos y piensa que todavía tienes los 14 años, pero ya no es así. Me digo resignado: ¡Cómo ha pasado el tiempo! ¡Cuánto he envejecido! Y te veo en tus gestos. Veo a alguien que se construyó con tropezones a temprana edad. Escucho tus palabras atentamente, y concluyo que hace rato no hablas. Hola, ¿cómo estás? Ríes siempre y vuelves a un mutismo lleno de sonidos. Ríes de nuevo y te escucho.

Ya a tu corta edad te delatan más canas de las que quisieras y de las que deberías tener. Como si fuera justo que alguien como tú las llevara, las tiene profusa y despiadadamente. No hablas de ellas. Ya no te acomplejan, según dices, pero son inevitables las caras de asombro que se aparecen en la oscuridad.

Son tus ojos los que delatan tu nostalgia. Eres feliz, y lo sé; sin embargo, tu melancolía es parte de ti: como si nos hubieran hecho de la misma esencia, tu vacío es el mío, quizás con otro nombre.

Te escucho alegre siempre. Te escucho sin escucharte. Escucho tus pasos a lo lejos, sin verte. Sé que del otro lado estás. ¿Y tu soledad? Bueno, ella lleva nombres y apellidos y, a veces, situaciones, momentos, llantos y alegrías. ¿Tu soledad? Tu soledad con la que luchas cuando te encuentras acompañado: tus pasos lentos y tu hablar meticuloso.

Son tus ojos. Tus ojos de nostalgia. Yo te toco las pestañas –en la inmensidad de cómo son-, y tú cierras un ojo, te ríes, me miras sin mirarme, y yo entiendo.

Han pasado un par de años. Ya no eres el mismo aunque, sí, lo eres: la lágrima que rueda sin caer en el río de tu vida. La risa pronunciable en los dichos que pretendes. La agonía de lo humano en tus ganas de vivir.

¿Estás ahí? A veces te veo esquivo. ¿Sigues ahí? Te escribo buscándote cuando no estás. ¿De qué color es el cielo de tu alma? Es gris o con flores amarillas ¿Llueve de vez en cuando a través de la ventana de tus ojos grandes? Decidiste la hombría siniestra del silencio ¿Mientes con tu mirada enferma de melancolía en la alegría de la música? Cantas alegre en las noches de insomnios. 


lunes, enero 04, 2016

LA TESIS: TERCERA Y ÚLTIMA PARTE

Publicado por Yo soy Escribidor |

Primera parte
Segunda parte

Hecho
Marlon no esperó a que la coordinadora del programa buscara nuestros papeles. Él, atrevido como es, metió la mano en el último cajón donde, según pensábamos, estaban los documentos. Allí estaban. Marlon los sacó como si se hubiera ganado la copa de algún torneo deportivo. 

La coordinadora, con su parsimonia característica, pretendía explicarnos por qué no se acordaba. La verdad, frente a la rapidez de la sustentación, poco nos importaba sus apreciaciones. Corrimos de vuelta, ya más tranquilos, mientras Jubeis apenas venía llegando. 


Marlon y yo
Nos devolvimos al salón con todo preparado. Y ahí fue. Las sustentaciones deben demorar, aproximadamente, veinte minutos; sin embargo, la nuestra duró alrededor de una hora. Todo esto se dio porque uno de los evaluadores -quien todo el tiempo tuvo problemas con los tres (además porque decir pamplinadas es su especialidad)- siempre estuvo renuente del trabajo de inclusión con niños con Necesidades Educativas Especiales y, de paso, porque, como siempre supimos, nunca leyó nuestro trabajo.*


Jubeis y yo
Así pues, él se encargó de dilatar la sustentación, poniendo, en más de una ocasión, a los demás docentes en un debate alrededor de nuestro tema. Las preguntas pedagógicas fueron con malintención. No obstante el sobresalto, Jubeis mostró entereza y un dominio increíble del asunto, acaso, por supuesto, es quien más dominaba el mismo. 

A pesar del viento en contra, todo estuvo de maravilla. Luego nos fuimos a Fierabrás a celebrar un rato. Tomamos cervezas y así fue la noche. 


los tres
El día para buscar el diploma -como toda universidad pública- nos recibían como doscientas personas en la misma condición. Gritos, empujadas, risas, escándalos y, evidentemente, una que otra persona que iba a buscar su diploma por ventanilla sin saber que no eran necesario el vestido de grado con tacones y todo para hacer una fila de doscientas personas. 

A las 5 de la tarde cerrarían esa ventana donde estaban entregando, en Admisiones, los diplomas. Marlon había llegado algunas horas antes y ya, formalmente, estaba graduado. Jubeis y yo no. Por ello, Oscar, teniendo las influencias en Admisiones, entró a buscarnos los cartones. ¡Cuál fuera nuestra sopresa cuando salió, y él, literalemente, tenía unos cartones viejos y grandes! Dentro de ellos, estaban nuestros diplomas. Había que sacarlos así porque sí, supongo. 


Celebrando y Renneberg en el teléfono
Ese día también fuimos a Fierabrás. Y yo, como en analepsis siempre, pensé en cómo rayos había pasado de ser administrador de empresas a profesor de literatura. Y pensé en cómo se había pasado el tiempo, y cómo ya no estaba en la U. Y cómo, al tiempo, ya la vida había seguido. Ahí supe, casi como la primera vez en Administración, que yo siempre pensé que estar en la universidad nunca se iba a acabar. Ese día, sin que nadie lo supiera, tuve una gran nostalgia y un vacío que traté de disimular. Nadie lo supo, hasta ahora. 





Ya el tiempo ha pasado. Marlon, por su lado, se ha dedicado a viajar por Europa; se toma fotos con una máscara de marimonda. Se ve feliz. Lo es. Es muy inteligente y es buen amigo. Siempre mostró potencial -era de los mejores- en el Museo donde trabajamos juntos y nos conocimos. 


  

Una marimonda en Europa




Jubeis se graduó de una especialización. Se nota que el tiempo ha cambiado. Trata de llevar a cabo negocios, enseñar a sus estudiantes y llevar una familia. Se va a casar, dicen. En general siempre la veo feliz. Ahora está obsesionada con Homeland y ve señales en todos lados. Está un poco loca, lo sé. 
Jubeis paseando


Yo me puse a estudiar francés ahora que tenía la plata por el trabajo que tuve este año. Quedé sin trabajo al culminar éste. Leí muchos libros infantiles y descubrí escritores que me hacen llorar. Ahora sé que uno de mis libros infatiles favoritos es "El Oso que no lo era". A ratos canto en mi cuarto. He vuelto a escribir un poco. A veces pienso en otras cosas.  A veces sigo pensando en la U y en cómo pasó todo. 




Marlon y yo hacemos la tesis tomándonos fotos










*Muchas veces cavilamos que esta tesis la sacamos de rapidez y que, a pesar de ésta, fue una buena tesis. Nos preguntábamos: "joda, ¿qué tal si le hubiéramos dedicado más horas?" Y es que nuestras reuniones para hacer tesis se volvieron en tomarnos fotos y hacer imitaciones de Shakira, Pitbull y hablar del Planeta de los simios.

martes, diciembre 08, 2015

MI ARBOLITO NO ILUMINA

Publicado por Yo soy Escribidor |


 *A mis amigos: Josi y los Manduca, 
quienes siempre hicieron mis diciembres más felices 
en medio de lo imposible

Arbolito en penumbras
En mi casa se dejó de poner arbolito de Navidad. En primer lugar, el último que tuvimos, mi mamá lo regaló o algo así; en segundo lugar, al irse mis hermanas, supongo, que los hombres terminamos siendo trastes para estos menesteres. Con el tiempo me acostumbré a que no hubiera arbolito. 

Hace algunas semanas, me visistaba mi amigo J., y mi mamá le pidió el favor de poner unas instalaciones de luces que había comprado; las había comprado hace más de un año, pero nunca las puso porque, según veo, no había motivos para eso. Sin embargo, mi mamá se animó, y J., con todas las ganas, se las puso en la casa; de alguna forma, me sentí bien de poder tener luces de Navidad, acaso me remiten a unas buenas épocas de mi infancia que, quizás, no volverán. 

Días previos a estos, le escuché decir a mi mamá que éste había sido un año difícil. Se había muerto un tío -hermano de ella-, y primó, más que nada, la soledad. Luego, la enfermedad insistente de mi abuelo -su papá- que se resistía a morirse o a vivir, quién sabe. 

Mi mamá tenía razón: había  sido -o es- un año difícil: "tanto físico como emocional", dijo en la cocina. No habría motivos para celebrar a puertas de un fin de año. 

Nunca me imaginé, por ello, que un día luego de mi trabajo yo llegara a la casa y viera un arbolito de Navidad iluminado en la sala. Reconozco una extraña alegría. "Llegó la Navidad", pensé olvidando lo  malo del año, y al arbolito anterior que fue tirado, y sin saber quién la ayudó a armar éste. 

Pensar en Navidad -pensaba en estos días- es recordar esas alegrías inevitables cuando sentía, en medio de la noche, un regalo puesto sobre mi cama. Es recordar los patines que nos dieron a Adriana, mi hermana, y a mí, y que yo disfruté hasta las caídas más profundas. Quizás ni sabía a quién celebrábamos o si era a otro dios que no era el judeocristiano, o si se habían "redimido" estas fiestas. No. Para mí ver mi casa así fue recordar la novenas de mi niñez, y que les decíamos "las tutainas". Era esperar con ansias para saber qué me había traído el Niño Dios. Son los patines de los que hablé, pero también la bicicleta, el Nintendo, la familia, la ropa que estrenábamos... fue más eso porque no todo fue bueno después del tiempo: la Navidad fue las peleas de mis papás, la angustia y los gritos, la soledad y todas las veces que me fui a pasarla donde algún amigo* para no tener que sufrir lo que ya la niñez no me advirtió. 

No obstante, este nuevo arbolito illuminado, en la soledad de mi mamá y la mía, me recordó los motivos para soñar. 

Pero qué triste es la tristeza: mi abuelo murió hace unos días frente al dolor de la vida. Murió y descansó. Fue algunos días antes que llegara diciembre. Y con su muerte, murieron las luces del árbol. Ahí está. Nada lo ilumina. Ya nadie prende las luces. Mi mamá no lo hace. No sé si lo hará algunos días después; quizás sí; en serio, no lo sé. El arbolito de Navidad de mi casa no ilumina, ensombrece la sala. No hay nadie a mi lado para iluminar mi propio sendero; uno que otro, sí; pero la mayoría no. La mayoría brilla por su ausencia.

Mi arbolito con sus luces bonitas ya no brilla. No puede. 



miércoles, octubre 07, 2015

SABACTANI TATUADO

Publicado por Yo soy Escribidor |

Ningún pentecostés de alas
ardientes desciende sobre mí”
Olga Orozco


Tengo, entre los libros que poseo, algunos que, sin duda, salvaría de un potencial diluvio. Diré sólo dos que son muy importantes para mí. En primer lugar, salvaría una versión usada que tengo de Rayuela que me regaló mi amiga Jubeis. Este libro lo salvaría por el peso emocional con el que lo recibí. No se trata tan sólo de Rayuela, sino de lo que ha llegado a significar este libro destartalado -En este texto leo su dedicatoria, entre tantas cosas dice: “privilegiadamente errante…” (hablando de mí), quizás por cosas de ese tipo-.*

Otro de esos libros, que espero rescatar, sin temor a dudas, es “Sabactani. En el final era el verbo”, de Eliana Gilmartin [sic].

Describir lo que ha significado cada línea, cada verso, cada espacio, es poder asumir la realidad de una humanidad descalza. Mi experiencia con el libro no tiene caducidad. Allí encontré traducidas mis palabras. Allí pude descifrarme y descifrar al otro. Allí pude acercarme al Dios en el que creo. Sí: puedo ver un Jesús desgarrador, humano y mortal.

Cada prosa poética es un canto a la existencia, a la intemperie; a descubrirnos desnudos frente a la Vida, y frente a las inclemencias de continuar. Es poder acercarme al Sabactani finito del Carpintero; y estar cerca, por supuesto, de mis Sabactanis rutinarios: esos de mi abandono.

Ya sé qué es sentirse solo. También conozco las marcas con que lo tachan a uno. Ya huí de la iglesia donde viví por tantos años. Ya sé qué es sentir que todos tienes las respuestas a tus sufrimientos. Sé qué es mirarse al espejo y no encontrarse allí. Y sé también qué es vivir en la periferia de lo que no aplicamos. Ya vivo mi temor a la muerte, sin temor de que me maten los otros por lo que pienso. Ya sé qué es no tener las respuesta frente al dolor de lo que me han llorado cerca. Ya sé entender. Y sé qué es tener consuelo con los abrazos que pido.

Muchos me han preguntado por mi nuevo tatuaje: es el Cristo de San Juan de la Cruz, de Salvador Dalí. El tatuaje es más grande lo que pensé, y yace en mi brazo izquierdo. Ese cuadro es una estructura apasionante. Existe un ángulo misterioso en el que la Cruz se extiende en una vertical inverosímil, pero que juega con la visión y se puede apreciar una proyección distinta del crucificado. Este Jesús no está en la tierra, no mira al cielo, no le conocemos el rostro, no está en una completa verticalidad ni horizontalidad; es un enigma de salvador. Es un Jesús abandonado en medio de la nada, que está allí sostenido, mientras una apacible calma de pescadores ronda a la humanidad, debajo.  

Ya algunos me han dicho que por qué no lo hice con el Salvador no crucificado. O que por qué no tiene el pelo largo este Jesús. O si, quizás, una crucifixión no es demasiada. Siempre hay quienes le dicen a uno qué vivir, cómo hacerlo y, por supuesto, qué tatuarse. Es cierto: hace algunos años no hubiera imaginado soportar dolores innecesarios para un tatuaje; sin embargo, hoy día, todas mis respuestas, y sentido de este escrito, se traducen en las  palabras de Eliana, cuando ella, hace algún tiempo, y manifestando el Sabactani jesuánico, escribió:

«Gran teólogo Dalí.
»Su cabeza a la altura de mis ojos. No lo mira dios sino yo. Yo ahí en el instante misterioso. ¿Por qué estoy ahí?
»Está oscuro. Posiblemente pronuncie su sabactani pero sin dejar de mirar hacia abajo. No mira a dios. ¿Ya murió?
» ¿Qué mira este Jesús que no dirige sus ojos al cielo como en las pinturas tradicionales? y ¿Quién lo mira a él?»**

Quizás por eso, y por más, ese libro lo he salvado de los diluvios que arrasan sin reparos. Y, de paso, cada línea me ha salvado a mí de mis propias inundaciones diarias.






*Asuntos que serán motivos de otras entradas.
**Tomado de Twitter