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lunes, julio 14, 2014

TATUAJES Y FORMAS

Publicado por Yo soy Escribidor |



“David, ¿estás seguro de que esta es la mejor manera

que tienes para enfrentar la situación?”

Desgracia, Coetzee


Cayena en hombro, 2014
Miro mi tatuaje. Veo los colores y las formas que se lograron. Sin embargo, lo siento lejano a mí, lo veo y, quizás, no me pertenece. Está en el hombro, en el izquierdo (ese hombro que está más caído que el otro); el tatuaje es más grande que los demás y lo puedo ver con facilidad. Lo veo distante y me gusta, pero no tengo tiempo para asimilar, para sentirlo mío. No, no tengo tiempo. Ahora no es el momento, aún. Ya vendrá la larga semana de reposo, de sanidad de la piel, de cremas, de picazón y del cuidado. Sólo tengo tiempo para eso: mirarlo de vez en cuando y no vivir la alegría completa. Es una rara sensación.



Cuando está sanando, me hago preguntas: ¿para qué demonios me lo hice? Pero encuentro las respuestas rápidamente. ¿Qué tal si  muero mañana y no lo disfruto? Nunca tendré el hombro como antes lo tenía. No obstante, lo cuido. Ahora tengo leves rastros de sensaciones alegres frente a las preguntas desparramadas dentro de mis porqués.



Fueron varias horas. Fueron casi seis horas haciéndolo. Después de un tiempo, el cansancio es evidente. Salgo con Carlos, casi a las 12 de la noche, del local en busca de un taxi. También están conmigo, han llegado de sorpresa contenta –mis sorpresas no pueden ser catastróficas- Jaidelin y Darwin, ellos viven al frente. 

"Estar feliz y sin embargo no ser feliz. Ah pero nunca imaginé que el estar feliz incluyera ¿sabes? tanta tristeza."
Primavera con una esquina rota, Benedetti 



Tengo la leve sospecha de una alegría desconocida. ¿Así se sentirán las mujeres cuando se ponen tetas cuando creían que les faltaban? ¿Sentirá así el transgénero que no se pertenece en su cuerpo, hasta que lo logra? ¿Así, los demás cuando se tatúan profusamente? Me pregunto en mi soledad. Le comento a mi amigo estos asuntos y él asiente.



La picazón es terrible. No me rasco. Aguanto. Me lavo. Me echo crema. Me miro al espejo. Concluyo. El rito que se repite. Cae una cascarita de él. 


Tres tatuajes, 2014
En estos días, hace algunos años, fui operado de la columna. Mis primeros tatuajes están alojados ahí. Me han propuesto que me tatúe en mi cicatriz. No lo haré. Es una herida que amo. Cada punto que se despliega por ella. Cada sensación en mis dedos cuando la toco. Amo la cicatriz, aunque lucho con la vergüenza de ser visto. Sí, he tenido arrojos y me quito la camisa, pero siempre tengo vergüenza; es una especie de desnudez impuesta. Algo que sería sólo mío. 


Por ello, mis tatuajes están ahí, los primeros: una mano que simula una crucifixión, un versículo y una boa que se tragó un elefante (de El Principito). No me avergüenzo de mi cicatriz, sino de las preguntas que tengo que responder cuando está a la vista. Con los tatuajes me engaño un poco. Engaño a los demás en las preguntas que tienen que hacerme. 


Han pasado muchos años desde aquella vez en la cual entré en el quirófano. También me parece una historia lejana. Tenía otros amigos. Algunos que todavía están. Hoy día, no tocaría ni un punto de mi espalda cicatrizada por un tatuaje encima de ella. A los lados. Por supuesto, a los lados; nunca ahí. De alguna forma, siento que esa cremallera de carne habla más de mí que otras cosas aparentemente evidentes. 


Voy en el taxi. Llego a mi casa y me lavo el hombro por primera vez con el tatuaje, me echo la crema con cuidado y lo observo. No medito en el acto. Sólo observo. No tengo tiempo para asimilarlo aún. Dentro de una semana, lo haré y me daré cuenta que no responde a mi adicción o a llenar los vacíos emocionales (como dijo mi madre, que tal vez tenga razón), sino a sentir que le faltaba algo. Sí, un vacío como el mencionado, pero distinto, eso creo.

jueves, mayo 29, 2014

MI EXPERIENCIA CON LA MUERTE

Publicado por Yo soy Escribidor |



 

“El olor del último hálito, el olor suave y

efímero del alma liberada del cuerpo.”

Desgracia, Coetzee





En estos días falleció una prima. Era alguien que siempre tenía buen ánimo y nunca la recuerdo sin que tuviera una sonrisa en su rostro. Murió aparentemente joven en sus cuarentaitantos años, y dejó, sin duda, el recuerdo en sus hijos, ya casados y establecidos.  


Los funerales de mi familia –por ser, en su mayoría, de corrientes cristianas- no están plagados de llantos incontrolables ni de pregoneras de dolores ajenos. Son, más bien –si se podría decir-, esperanzadores frente a la muerte, en la cual, pareciera, no haber esperanza. 


A pesar de las distintas maneras de teovisionar de mi familia (hay de todos y para todos, incluyéndonos a nosotros, tan del otro lado de la cristiandad aparente), en momentos como éste recuerdo que existe un lazo profundo en medio de la oscura muerte, que nos une como familia: creemos en una promesa de una vida mejor, y lo manifestamos cuando todos, al unísono, cantamos Cuando allá se pase lista o Cuán gloriosa será la mañana. Creo que, desde niño, supe que la muerte hacía parte de la vida y que no había que expiarse buscando a Dios como culpable de esta autonomía extraña que posee vivir. Y no hubo necesidad de que nos explicaran por qué Dios permitió que se muriera. Creemos entender. 


Hace algún tiempo, un discípulo de iglesia recibió la muerte de un primo. Yo asistí al velorio, con el ánimo cierto de hacerle compañía. Allí, él me dijo que llevara una enseñanza, un corto mensaje a toda la familia, porque él se sentía que no podía, aunque, evidentemente, él fuera el más indicado. Yo dije que sí. ¡Dije que sí y no sabría qué decir! ¿Qué dice uno cuando el difunto irá a la tierra? ¿Qué se supone que uno argumenta frente al dolor? ¿Cómo rayos digo algo que satisfaga o, por lo menos, sea escuchado? Dije que sí. 


Yo me imaginé que sería en la funeraria lo que diría. No, ahí no fue porque pronto el tiempo pasó y fue difícil acordar una enseñanza ahí; yo con mi poca experiencia de predicador de esperanza frente a la muerte. Supuse, entonces, que tal cosa no sucedería; me relajé un poco. 


Frente a la marcha fúnebre, ya a punto de introducir el cajón en la urna del aniquilamiento, mi discípulo de iglesia interrumpió a los cargadores, y dijo que un gran amigo suyo tenía un mensaje que dar: “Davi, ven…”; yo pensé que no ocurriría. 


¿Qué podría decir que yo crea y que haya respeto y que sea prudente y que sea…? Las múltiples preguntas que pasaron por mi cabeza en cortos segundos. Entonces, sin pensar mucho pero creyéndolo como quien se agarra de una rama frente al precipicio, como si el mundo dependiera de eso, como si no hubiera esperanza, con la fuerza de mi inexactitud teológica, con la certeza de mis esfuerzos, con la angustia de tener el cajón a menos de un metro de distancia, como a quien ha visto la luz en la oscuridad, y como a quien le arde su corazón en un camino de Emaús, grité: “Jesús dijo: ‘Yo soy la Resurrección y la Vida; quien cree en mí, aunque esté muerto, vivirá.’” 


Y ahí continué.


miércoles, abril 02, 2014

SUMARIO: CHARLIE Y SU FÁBRICA DE VOLAR TORNIQUETES

Publicado por Yo soy Escribidor |

El plan era ir a clases. Sí, nos gustaba estar en clases y aprender literatura. Algunas asignaturas no la compartíamos; entonces, al final de las mismas, nos buscábamos, nos encontrábamos y nos abrazábamos como si el mundo dependiera de eso. Charlie, al igual que yo, es afectuoso y nunca ha tenido un prejuicio frente al amor.

Pero nunca decidimos, ya entrados en menesteres académicos, devolvernos a nuestros hogares, en el mismo bus de siempre, pagando el pasaje completo. ¡Ni Dios lo permitiera! Lo mejor que podíamos hacer era tan solo pagar mil pesos y que nos quedara algo ahí para alimentarnos en ese viaje de una hora. Para pagar así, había, pues, que emprender hazañas circenses volando el torniquete.

Charlie
Cada día, al salir, y cuando estábamos juntos, recolectábamos los mil pesos respectivos. Evidentemente, como nos sobraba algún dinerito, éste se invertía en algo comestible; porque, eso sí, con hambre no se puede volar torniquete. Comprábamos una arepa de queso, generalmente. En muchos casos, era acompañado de otras personas; sin embargo, a veces, el dinero no daba para tanto, y, pacientemente, esperábamos que todos se fueran para comprar la arepa para la fuerza respectiva del salto del escarnio.

La idea de volarnos los torniquetes fue de él. Y era el plan de esos días. Descubrí prontamente que no se trataba de ahorrar plata, sino de la aventura y la alegría que eso produce. Por eso, también, sin duda, nos abrigaba cierto escrúpulo: nos íbamos a caminar a una parte oscura en la carretera, alejados de la gente que nos viera coger un bus así, y alzábamos el dedo índice en señal de mil pesos. En la mayoría de los casos los conductores de Sobusa entendían y nos decían que Rápido, rápido. Nos fue bien.

Con Charlie, las arepas y los torniquetes volados siempre sabían mejor. Valía la pena no pagar el pasaje completo por estar en el bus cantando y reírnos de esos otros tontos que sí daban el dinero exacto.
Charlas en la U


De la primera vez que estaba en esto, yo, penoso y tímido como soy, esperaba que él hiciera la labor respectiva de hablar con el conductor, y que todo fluyera. Estaba un poco equivocado, porque la señal del dedo de mil pesos, no estaba dentro de mi presupuesto ese día -y ninguno quizás-. No obstante, aprendí con Charlie que la pena se iba rápidamente cuando me resistía por pena hacerlo. Él tajante frente a esto, volteó a mirarme, y con seguridad extrema me dijo: “Alza el hijueputa dedo”. Luego de eso, frente al asombro que eso me produjo, no pude, por más que quise, bajar mi hijueputa dedo para tener que pagar más dinero por estar en un viaje de vueltas sin él.