domingo, enero 28, 2018
CORTO: RUTINA FUERA DEL ORDEN
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Yo soy Escribidor
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PESTAÑAS:
corto,
experiencias
En la conciencia de lo que me sirve para encontrar la paz, noté algo que había pasado por alto: ordenar mi cuarto. Recoger, doblar, limpiar, me trae la tranquilidad que últimamente se diluye entre la ropa sucia. Decidí alimentar mi paz con desorden: todas las noches, antes de dormir, me cambio y dejo el jean tirado, la camisa por aquí, los zapatos por allá, las llaves, las medias, la mochila... para que, luego que venga el nuevo día, tenga motivos para arreglar el cuarto y motivos para construir la calma.
jueves, noviembre 16, 2017
LAS MUJERES ENGAÑADAS NO TIENEN NOMBRE
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Yo soy Escribidor
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PESTAÑAS:
ciudad de la furia,
opinando ando
Yo sé bien que te he
sido infiel,
pero eso casi en el
hombre no se nota.
Diomedes Díaz
En una reunión entre varios amigos fue normal que se
comenzaran a llamar «cachones». En el Caribe colombiano ─específicamente en
Barranquilla─, se constituye una ofensa llamar a otro «cachones». Sé, por
supuesto que, entre mis amigos, llamarse así puede ser una broma más que una
realidad. Sin embargo, meditando en este asunto, pude entender cómo los hombres
─quizás solo los de aquí─ pensamos al respecto.
Cachón es una
ofensa, como he afirmado. Al decirlo, en palabras castizas, se presume que hay
alguien afectado a quien una mujer le fue infiel. Pero es una ofensa porque el metamensaje
no es un acercamiento compasivo, sino uno de burla donde se presume que al
hombre «le fueron infiel porque no supo hacer bien su labor de hombre». En este
sentido, un cachón, y mucho más,
cuando se utiliza en una frase, pierde el valor de la infidelidad ocasionada, para ser objeto del odio masculino: «Si te dejaron ─y, por ende, eres un cachón─
fue porque ella encontró a alguien
que sí la satisfacía en algo en lo que tú no».
Quizás por ello es la ofensa: no por ser objeto de infidelidad,
sino objeto de la burla machista. Así, es fácil, en cualquier calle de la
ciudad escuchar: «¡Qué va, cachón!», «¡Usted es un cachón!», y todas las
variantes habidas y por haber, y que se susciten una lucha territorial de la hombría. Nadie dice,
por ejemplo: «¡Qué va, si a ti te fueron infiel!»; no, porque el mensaje no
radica en la infidelidad, sino en la falta del componente masculino para darle
a la mujer justo lo que se “merece”, en cualquier sentido que se nos ocurra. El
cachón, entonces, es una palabra que connota
una debilidad que el otro detecta, y
que puede tirársela en la cara, sea en broma o en serio.
Por otro lado, cuando el hombre es el infiel, el término más
utilizado es «cabrón», que, en otras cosas, en ciertos círculos de habla, se
sinonimia con alguien más aguerrido, fuerte, valiente. En suma, el hombre engañado ─cachón─ es la antítesis ¿ontológica? de
ese otro hombre en todo su sentido masculino ─cabrón─.
No obstante, la palabra cachón
no es igual cuando nos referimos a una mujer. Las mujeres de barranquilla no
son cachonas porque un hombre les fue
infiel. A ellas no se les ofende en su feminidad por haber sido engañadas,
quizás porque se presume que ellas
son más proclives a eso. Cuando a una mujer se le llama cachona, se intercambia la semántica de una mujer engañada a una
perversa y engañadora. En otras palabras, una mujer cachona no es víctima, sino victimaria. Aquí, cuando alguien dice:
«Esa vieja es una cachona», se
presumen entre los emisores y receptores el metatexto: es una zorra, puta,
bandida. La mujer no es cabrona tampoco:
no es per se aguerrida en asuntos de
infidelidad: es cachona, lo que para
el hombre es una muestra de dolor y vergüenza, para ella es una ligereza.
En este punto, entonces, a una mujer engañada, que ha sido
objeto de infidelidad, no tiene un término que la determine. Quizás no lo
necesite, es cierto; sin embargo, se comprende la invisibilidad a la que se
somete cuando es un hombre quien la engaña. Más allá del cachón o cachona, revela una forma de anonimato y subvaloración, incluso cuando se victimiza desde el
juego masculino. El hombre allí, desde el discurso desde siempre, revictimiza a sus pares y revictimiza ─mucho más─ a una mujer a quien se le fue infiel, engañada, pero que no se tiene con qué nombrarla desde el habla.
![]() |
| Techo caleño |
Y me someto, después de todo, a la burla de algunos de mis
amigos que empiecen a llamarme cachón porque
les parece este un texto que merece ese epíteto; quizás, como dice el Cacique,
en el hombre eso casi no se nota.
sábado, septiembre 30, 2017
Lágrimas sin punto sobre las íes
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Yo soy Escribidor
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PESTAÑAS:
amistad,
experiencias,
iglesia,
NombresPropios,
promesas
A uno. A todos.
No vi consuelo, y no supe darlo enseguida: algunas palabras torpes que siempre salen como remedo de explicaciones de cómo debería ser la vida. Pero quizás no lo es. Mis palabras eran pocas, frente a las lágrimas del abandono. Eran modestas sobre el rostro, pero estaban brillando con afán sobre las razones de la vida.
Ahí te devolví un favor. Un favor que no me pediste: ahí intercambié mi llamada nocturna, de esa vez, donde lloré desde el otro lado del teléfono, y del otro lado de la desesperación. Allí lloré sin consuelo. Como quienes lloran cuando están frente al precipicio. Como a quienes se les acabó el último segundo de consciencia. Como quienes lloran para no volver a hacerlo nunca más. Y allí, en ese cruel momento, tu silencio fue una epifanía siniestra que se descifraba en el humo de mis sollozos.
Y ahora tú, frente a mí, con tus lágrimas. Y yo, con mi mano estirada oro por ti. No sé si para entender que hubiera un dios en algún lado; más bien, para que supieras que no estabas solo; que el dolor es compartido en medianos puntos sobre las íes.
Un consuelo sin serlo.
Un esfuerzo para vencer la muerte.
Un grito callado para darnos la mano para seguir.
Una lágrima que se seca.
Y una esperanza que se resiste a caer en el piso del olvido.
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