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martes, agosto 15, 2017

CORTO: ANSIEDAD

Publicado por Yo soy Escribidor |

En las mañanas de mis recientes y silenciosas crisis del pánico, no podía definir bien cuál era el sentimiento que me abrigaba. Ayer, hablando con uno de mis mejores amigos, casi en la misma situación, puso las palabras en algo que no podía yo: «Es como que te levantas pensando con una lista de cosas que tienes que hacer… pero no sabes cuáles son, ni cómo llevarlas a cabo».



lunes, julio 24, 2017

ANÁFORA DEL CAMBIO

Publicado por Yo soy Escribidor |

Cuando mi amigo me dijo que necesitaba cambios en su vida, me alegré sinceramente. Sonaba como quien sabe que tiene una esperanza para continuar cuando ya se ha golpeado muchas veces con la misma piedra. Me alegré sinceramente hasta que la alegría se fue, y se convirtió en algo que no definí, que no podría saber cómo se llama o qué. ¿Nostalgia? ¿Tristeza? ¿Melancolía? No sé cuántos sustantivos abstractos se necesitan para denotar algo que palpo más allá de mis pensamientos.

Y me fui lejos. Cambios. He hablado tanto de ellos que ya parece invariable el tema. Y me fui al momento de mis cambios recientes ─porque en la vida, después de todo, uno es la suma de muchos ires y venires─. Fue en ese noviembre de 2013 cuando después de acumular dolores y terquedades, dije adiós. No fue una despedida fácil. Fue una decisión consciente sobre el borde de una silla, esperando si iba a ver días después de ese instante. Si se iba a detener el tiempo y que todo se fuera al fin. ¿Qué había luego? No lo sé; sin embargo, mi adiós era necesario después de no encontrarme yo mismo en mi propia libertad, en mi vida y demás. Ese día, mientras transitaba por la ciudad, supe que había llegado, así de golpe, los cambios. «Necesito una nueva vida. Cambios en ella». Me dije esa vez. Tratando de huir a la muerte, me embarqué en buscar vida dentro de mí.

Y allí, en ese noviembre del recuerdo, me hice un primer tatuaje ─el que olvido con facilidad─ en mi espalda inhóspita. Un tatuaje que era como especie de puente entre ese otro allá que dejaba, y este otro que quería vivir, reencontrarse, amarse, tal vez.

Foto ya usada
Y luego llegaron los otros: una mano en la espalda, una boa que se tragó un elefante, una frase en el trapecio, una cruz en un brazo y en la costilla, una flor en el otro brazo, un león en la pantorrilla, una palabra en la cabeza, en el pecho y en el cúbito, una estrella en el tríceps, un astronauta en un brazo y una frase de Vida Eterna en el otro brazo; son 14 ─hasta ahora─ aunque no sé si mis cuentas dan en este escrito.

El cambio interno estaba fuera de mi alcance; y creí que haciendo lo exterior podría catapultar ese ser inmaterial. Fui al gimnasio ─hasta el punto que algunos me reclamaban─ casi todos los días, cambié cómo comía, comencé a tener dos aretes que nunca pude ─ni hubiera podido─ tener en mi juventud veinteañera. También me quería ver distinto: compré ropa distinta con la que me gustaba verme al espejo ─ver que era más allá de lo que fui─, aprender a sonreír distinto en las fotos: atreverme con un par en alguna red social.

Cambios.

Cambios que fueron importantes y que no fueron fáciles porque suponían, de vez en cuando, una especie de muerte a alguien. Ahí, vinieron los demás: algunos no me entendían de qué hablaba, no comulgaban con lo que pensaba; me volví un ser más solitario ─un solitario que se camuflaba entre la gente mientras bailábamos o salíamos a comer (quizás hoy todavía)─.

Y amé más a mis amigos. Y, quizás, abandoné ─y me abandonaron─ a otros.

Mi amigo, el del principio, lo dijo con la certeza de quien habla y no entiende sus alcances. Y yo, con el temor de la vida, me alegré justo antes de enfrentarme al temor de lo que significa: mi adiós y su adiós disfrazado de esperanza.


martes, abril 25, 2017

NO SER

Publicado por Yo soy Escribidor |

«"Ser fiel a uno mismo" es la infidelidad infinita; y "ser uno mismo", la continua limitación».
Henderson, G.



Recuerdo estar en el colegio y que fuera habitual escribirle a los compañeros ─entre tantas promesas de amor por siempre y demás─ Nunca cambies. En ese momento, quizás como reforzando quiénes éramos en nuestra adolescencia, nos resultaba cómodo ─no esperanzador, porque, en mi caso, no tenía la noción de esperanza alguna─ que ciertos amigos no cambiaran; no sé si nos referíamos a quedarnos en el letargo de una edad imposible y de unos problemas que no existían. Era mi época. 


Hace algunos días, uno de mis mejores amigos me mandaba un par de cosas por wasap que, del todo, no son de mi interés o que, simplemente, yo estaba pensando en otro asunto (los amigos nos mandamos cosas tontas, lo sé). Sin embargo, en un momento del asunto, yo me perdí en mis pensamientos y recordé el tránsito que él ha recorrido de unos meses para acá, incluyendo un par de lejanías obligatorias y su ahora. Yo, quizás sin la malintención con que se pudiera leer, pero sí consciente de lo que veía de él, me atreví a decirle: «Has cambiado».

No obstante mi frase, mi sorpresa llegó cuando él, en diatriba violenta, arremetió: «tú eres peor...», y justo ahí, sin esperármelo, agregó dos adjetivos que no vienen al caso, pero que sí dejaron claro qué piensa de mí detrás de la cortina. 

Allí mismo, yo le pregunté en ese tono de aliteración: «¿te hace bien decirme cosas así porque dije que has cambiado?». Y él fue tajante al afirmar con su anáfora que «me hace lo que te hace a ti». Sus palabras. Después tuvimos un par de intercambios más tratando de llegar a un punto. Hasta ahí sus pronunciamientos no fueron catastróficos para mí; sin embargo, con el paso de las horas, y en la reconstrucción del asunto, me fui sintiendo algo contrariado. 

Y creo que él tiene razón en lo que intentaba decirme: él sigue siendo el mismo. Él no ha cambiado. Quizás yo sí. No hay buenos ni malos en el asunto. Ha mejorado ─o crecido─ y eso lo confundí con un cambio más profundo, pero no es el cambio que él pensó leerme y que yo resemantizo. Yo he cambiado, y pienso que así debe ser para mí: no pretendo ser el mismo en cada día, aunque no parezca; quiero re-hacerme con el pasar de los días; de absolutismos y esperanzas falsas ya me he ido despejando para no tener que reencontrarme con el mismo yo todas las veces: yo no quiero ser fiel a mí mismo si eso supone ser un manojos de lugares comunes. 

Yo, al igual que antes, me miro al espejo y veo mis cambios sobre mi cara, pecho, pelo, esternón, ojos, vida, existencia, temperatura, angustias, verdades, secretos... hasta mis dientes, mis uñas escondidas, mi vello que no está, mis vueltas en la cabeza ─con los pájaros que anidan─ y los recortes de papel periódico que ya no leo. Y quiero poder reconstruirme y que a mis cercanos también me los vaya encontrando en el Camino transformador, y seguros que han cambiado, así implique el error y la vergüenza. 

Con tanta agua debajo del puente de la vida, quedarme en la otrora adolescencia de nunca cambies es una involución que no debería permitirme. ¿Que si soy mejor ahora que antes? No lo sé, pero sí quiero verme a los ojos y saber que ahí hay alguien a quien amar, sin que se me impongan que sean sin pasos falsos, porque la vida y la Vida ─para entendidos en mayúsculas─ posee pasos falsos, y tal como respondí: ya fui curado de esperanzas falsas ─o lo estoy haciendo con todas las teodiceas macabras─,  tengo mejor fe anterior a esa predicación*, o eso pretendo. 




*Monja Guerrillera.