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miércoles, febrero 18, 2015

He cambiado

Publicado por Yo soy Escribidor |

Autorretrato
He cambiado. He cambiado y lo sé. Me miro al espejo y trato de descifrarme: miro mis ojos perdidos sin sus gafas, mi rostro que envejece, mis orejas, mis dientes y labios, y arrugas que no estaban.
He cambiado, y no se trata simplemente que ahora me vea con algunos tatuajes, con aretes y con el ejercicio físico manifiesto; aunque esto es evidente, no es por ello que me sé cambiado.

Ya no creo igual que antes; quizás otras cosas o el panorama me lo cambió la Vida. No soy el  mismo que antes lloró: mis nuevas lágrimas son de otras angustias recientes.

Mis años han pasado. Hace dos,  viví saberse perdido una vez más. Creo que fue allí cuando, al asomarse la tormenta que no pude detener, me encontré vacío y sin rumbo. Y me di cuenta, resignadamente, que la Vida me cambiaba mi vida.

Cambiaron mis amigos, mis palabras, mis creencias, mis compañías, mis silencios, mis gritos. Cambió la música, el baile, la Iglesia, la conciencia, el pecado, los consejos... vino la calma desconocida. Vino la Libertad. Una Libertad que, de vez en cuando, golpea fuerte y duele.

He cambiado: mi cuerpo no es el mismo, mis gestos son desiguales, mis dolores son otros. Pero sé que no se trata de eso: Ya no eres como te conocí, me dijeron; y lo sé

sábado, enero 10, 2015

Reflexiones alrededor de un león en acuarela

Publicado por Yo soy Escribidor |



A Carlitos, compañero de tatuajes y de otras marcas


León de Judá

Cuando al papá de Carlitos le dio la afasia, el horario de él estuvo circunscrito a los cambios que podrían ocurrir en el hospital. Entonces comenzamos
a cuadrar las idas al gimnasio, salidas esporádicas y obligaciones, con base en los tiempos de relevo que él le hacía a la mamá, cuidando al papá. 

Así fue cuando decidí hacerme el nuevo tatuaje: Un león en acuarela que tuviera una frase debajo que dijera “León de Judá”, el tiempo fue escaso para poder estar acompañado todo el tiempo, porque Carlitos se tuvo que ir antes de comenzar en curso el tatuaje. Algunos de mis pensamientos, alrededor de la soledad impuesta, fueron los siguientes:


1) Un tatuaje duele más cuando no hay nadie quien te acompañe (Carlitos que se fue porque le tocó ir al hospital). Es importante la compañía de alguien que te hable, te dé –como dicen los pelaos- moral, y que, de vez en cuando, te aliente diciéndote que está quedando bien y que ya están terminando.

 2) Un tatuaje en la pantorrilla duele mucho. Es un dolor extraño porque el dolor cesa momentáneamente en las pausas que hace el tatuador; queda un ardor. Uno piensa que dolerá igual, pero cuando se comienza otra vez, el dolor anterior queda en el olvido y aumenta el nuevo.

 3) “¿Para qué me hago esto? ¿Es necesario todo este dolor? ¿Quién me manda? En vez de estar gastando el tiempo y el esfuerzo en otras cosas, la gente muriéndose de hambre y yo acá con un dolor. Ya lo decidí: No me haré más tatuajes”.

 4) Transcurrido una hora de dolor, pregunto: “¿Cómo va eso?”. Miro el tatuaje y apenas va una pequeña parte. Pregunto: “Falta como media hora, ¿cierto?”. No -me responden- COMO DOS HORA MÁS.

5) Hay que aguantarse todo. Si uno comienza a hacerse un tatuaje, hay que soportarlo hasta el final; es mejor algo bien hecho que una empanada grasosa del Centro.

 6) No todo duele. Hay partes que no duelen tanto y que es siempre un dolor o una molestia soportable.

7) Hay que tener un buen tatuador, sino prepárese a tener un Mickey Mouse con cara de perro.

8) Hay que estar seguro de lo que se va hacer. No escoger el nombre de alguien que, posiblemente, odiará en 3 semanas, porque después dónde carajo saca el Liquid Paper para eso. Sea serio y responsable.

9) No intente preguntarle a uno que cuándo terminará tanto tatuaje, o cuántos se piensa a hacer uno; o le diga a uno que ya está bueno, que no se haga más. Uno piensa muchos tatuajes pero sólo accede a unos cuantos. Estos cuantos vienen de súbito a la mente y ya uno sabe que le hace falta a la piel. Nunca se tienen presupuestado cuántos, ni dónde. Aunque sí el porqué; si no lo hay, es mejor no hacérselo hasta que tenga la revelación pragmática, si la hubiere.

 10) Por mucho que uno diga, como yo dije, que no me haría más tatuajes, cuando uno ve el trabajo final, olvida las molestias y se reemplazan por asombro. Después vendrán días para asimilar y de los gustos por los colores y las formas, y la cicatrización. Luego, sanará y vendrá la revelación del nuevo tatuaje: la historia de mi vida.

lunes, diciembre 15, 2014

La intolerancia de los tolerantes

Publicado por Yo soy Escribidor |



Los tolerantes toleramos todo: al feo, al bonito, al grande y al chico. Al gay, al heterosexual, a la lesbiana, al normal y al diferente. Toleramos la tolerancia, y toleramos querer tolerar. Pero los tolerantes no toleramos todo: no soportamos la intolerancia de los otros; ni siquiera, cuando esta intolerancia viene de nosotros mismos. Nos gritamos, nos odiamos, tratamos de hacer volver el mundo a la tolerancia. Pero la tolerancia tiene un límite y ahí intoleramos las ideas idiotas y el irrespeto de los demás.  

Intoleramos la razón resuelta y las verdades absolutas. La brisa de júbilo de los malvados y las pancartas en procura de la tolerancia de la sociedad. Sin embargo, toleramos. Nunca nuestra tolerancia es presa de una intolerancia malsana; nuestra desazón contraria tiene que ver con la intolerancia ajena, nunca la propia. 
Toleramos el sol de la ciudad, la playa poblada y las calles mojadas. Pero nunca la intolerancia en contra del sol, el descuido del mar y las lluvias insistentes de odio. 
Los tolerantes tratamos de no llegar al límite de la intolerancia. La intolerancia ya es una intolerancia absurda. Por ello, intoleramos los absurdos de los de ahí que no llegan al nivel de tolerancia requerido. Toleramos a los judíos, cristianos, evangélicos, testigos de Jehová, mormones, ateos, y demás; pero, sin mancha de error, no toleramos cuando ellos nos intoleran. 

¡Que Dios nos ampare!

Toleramos las diferencias raciales, las alturas de cabellos y colores de ojos. Toleramos la música cuando nos gusta; y, cuando no, apretamos la tolerancia para no intolerar; después de todo, la gracia es tolerar a los menos afortunados, a los intolerantes y a los tolerantes de cosas que no hay que tolerar. 

Porque sí, los tolerantes toleramos todo pero no es posible tolerar todo. No hay que tolerar a los viciosos de intolerancias, los golpes mal dados y malvados en el mundo de desigualdades sociales, no toleramos la vida triste de los menos afortunados, ni las injusticias nacidas de intolerancias unilaterales. No toleramos que podamos tolerar el abandono, la pobreza impuesta y la mofa de la muerte con su intolerancia frente a la vida. 

Que la Vida nos ampare de tolerar la intolerancia violenta de los otros, y la consecuencia de sus actos. No, señor. En ese punto, preferimos dejar la tolerancia a un lado y ser intolerantes con la tolerancia. Porque es mejor, después de todo, de miras a la tolerancia colectiva del horror, volverse un intolerante y luchar con palabras con fuerza hacia la tolerancia. 

Pero no nos dejemos llevar de intolerancias que no existen y sigamos tolerando todo: la música y el agua fría, las nubes negras y el llanto de la niñez, el negro, el blanco, el francés y el esperanto, todo. No caigamos en el juego de intolerar lo tolerable o de tolerar lo intolerable. 

O al revés. 

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