"Y respondiendo él al que le decía esto,
dijo: ¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?
Y extendiendo su mano hacia sus discípulos,
dijo: He aquí mi madre y mis hermanos."
Mateo 12:48-49
dijo: ¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?
Y extendiendo su mano hacia sus discípulos,
dijo: He aquí mi madre y mis hermanos."
Mateo 12:48-49
H. cumplió ayer, y como era de esperarse, no fui a su casa. Considero que ir o no haberlo hecho no agrega algo trascendental a su vida. Sin embargo, esto ha sido una de las cosas que él me ha recriminado (utilizo esta palabra porque a esta hora no proceso bien): No creer en sus buenas intenciones. Pero no es algo que sea personal, es más bien un asunto de tiempos en una congregación, los que me han hecho sacar conclusiones; algunas, dañinas hasta para mí mismo.
Cuando decidí que H. fuera mi pastor de equipo (grupo, ministerio, al caso es lo mismo) lo hice porque creí que hacía lo correcto, a pesar de quienes me argumentaron razones válidas para no hacerlo. Lo hice porque en esa época No había mejor opción.
Y quizás hoy tampoco lo hay. Hace poco en su oficina, casi a las lágrimas, le dije que lo que más daño me hacía de él era el vacío que me ocasionaba su abandono, quien sabe si intencionado o no. Me mortificaba sus llamadas irrealizables. Él argumentaba sus asuntos diciendo que él también esperaba mis llamadas. Le dije que yo lo quería, pero que uno espera cosas, sobre todo de alguien como él... ¡uno espera cosas!
Le comenté de mis ganas por creer lo que dice, pero mi insuficiencia para llegar a tal estado y el ánimo que tengo por aceptar absolutamente que le inspiro algo diferente a las ganas de echarme de su grupo o criticarme como soy. Me cuesta creer que no es como escuché por año, pero me cuesta aceptar que no lo es. No lo es.
Tengo un recuerdo nítido de mis tiempos de gran depresión. Él sólo me escuchó, me golpeó suavemente el rostro, me sonrió, me abrazó y me besó la mejilla. Tal acto, por mucho que he intentado, no he podido sacarlo de mi cabeza. Es un recuerdo recurrente. Es algo que me dice que puedo confiar en él. Y no sólo eso... Siento su voz como la voz de alguien que sabe quién soy, qué pienso, y que intenta meterse en mi niñez de niño solitario. Me aterro. Sólo nos llevamos un par de años. Me aterro porque sus Palabras son sabias como las necesito. Y cuando digo palabras no me refiero al sentido estricto-exegético de las misma -a veces dice cosas que ya sé-; sino, más bien, a la carga fuerte de Palabras (con mayúscula), llenas de esencia, de algo más allá, de padre y Padre, quizás.
No fui a su cumpleaños y no me siento mal. Creo que a pesar de las excusas obvias de la U., de la plata y todo lo demás, no fui porque a veces no quiero darme tanto. Soy más bien difícil. No quiero dar tanto (tal vez como hijo, amigo, ¡qué sé yo!) emocionalmente. No quiero que me fallen otra vez, y acaso por eso, me preparo diciéndome a mí mismo que la irrelevancia mía en su vida es un dato cierto ciertísimo bien cierto. Aún así, no puedo esconderme y engañarme del todo; esta entrada a este blog -a manera de regalo de cumple- lo confirma. ¿Y por qué en un espacio que había reservado para mi familia, asunto de la temática en mi blog? Pues como dijo Jesús: familia no es precisamente quien es el papá o la mamá; es más bien, quienes están a tu lado; creo que él podría estarlo.
A H. quien es Harold en realidad.
Cuando decidí que H. fuera mi pastor de equipo (grupo, ministerio, al caso es lo mismo) lo hice porque creí que hacía lo correcto, a pesar de quienes me argumentaron razones válidas para no hacerlo. Lo hice porque en esa época No había mejor opción.
Y quizás hoy tampoco lo hay. Hace poco en su oficina, casi a las lágrimas, le dije que lo que más daño me hacía de él era el vacío que me ocasionaba su abandono, quien sabe si intencionado o no. Me mortificaba sus llamadas irrealizables. Él argumentaba sus asuntos diciendo que él también esperaba mis llamadas. Le dije que yo lo quería, pero que uno espera cosas, sobre todo de alguien como él... ¡uno espera cosas!
Le comenté de mis ganas por creer lo que dice, pero mi insuficiencia para llegar a tal estado y el ánimo que tengo por aceptar absolutamente que le inspiro algo diferente a las ganas de echarme de su grupo o criticarme como soy. Me cuesta creer que no es como escuché por año, pero me cuesta aceptar que no lo es. No lo es.
Tengo un recuerdo nítido de mis tiempos de gran depresión. Él sólo me escuchó, me golpeó suavemente el rostro, me sonrió, me abrazó y me besó la mejilla. Tal acto, por mucho que he intentado, no he podido sacarlo de mi cabeza. Es un recuerdo recurrente. Es algo que me dice que puedo confiar en él. Y no sólo eso... Siento su voz como la voz de alguien que sabe quién soy, qué pienso, y que intenta meterse en mi niñez de niño solitario. Me aterro. Sólo nos llevamos un par de años. Me aterro porque sus Palabras son sabias como las necesito. Y cuando digo palabras no me refiero al sentido estricto-exegético de las misma -a veces dice cosas que ya sé-; sino, más bien, a la carga fuerte de Palabras (con mayúscula), llenas de esencia, de algo más allá, de padre y Padre, quizás.
No fui a su cumpleaños y no me siento mal. Creo que a pesar de las excusas obvias de la U., de la plata y todo lo demás, no fui porque a veces no quiero darme tanto. Soy más bien difícil. No quiero dar tanto (tal vez como hijo, amigo, ¡qué sé yo!) emocionalmente. No quiero que me fallen otra vez, y acaso por eso, me preparo diciéndome a mí mismo que la irrelevancia mía en su vida es un dato cierto ciertísimo bien cierto. Aún así, no puedo esconderme y engañarme del todo; esta entrada a este blog -a manera de regalo de cumple- lo confirma. ¿Y por qué en un espacio que había reservado para mi familia, asunto de la temática en mi blog? Pues como dijo Jesús: familia no es precisamente quien es el papá o la mamá; es más bien, quienes están a tu lado; creo que él podría estarlo.
A H. quien es Harold en realidad.


