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A Sharib y a Laura 
con sus llaveros de puertas fantasmales



Llavero, 2013
El llavero estuvo ahí sentenciado a no estar solo porque habría llaves que lo ayudarían a mantenerse vivo entre los demás. El llavero, con sus cadenas y sus círculos, desnudo sin la razón de su creación. 


El llavero no es de este mundo, me lo trajeron de una galaxia distante, donde hay llaves que abren puertas extraordinarias. Cada puerta que se abre muestra un lado que es desconocido: una selva desierta, un mar abandonado, un cielo infernal, un río de sangre, un país de mujeres que paren perros en las calles, una avenida de hombres que se hacen trenzas cuando se saludan. Cada puerta muestra una posibilidad remota, un onírico deseo: enanos gigantes, gordas raquíticas, insomnes felices, claros grises. 


Pero el llavero llegó a mí. Debe ser que cada llave con que se llene debe abrir espacios impredecibles. Y yo no tengo cómo construir eso, no se me da por crear, con la poca madera que tengo y el cemento blanco, muchas puertas que me conduzcan hacia más allá. No tengo suficientes clavos para crear universos de ninfómanas bíblicas o maricas ancestrales. No hay en la gaveta, que está debajo de la cama, demasiadas llaves reales para llenar el llavero que abre cada posibilidad irreal. No hay un conejo que me guíe a un árbol, donde caiga y caiga y caiga, y aunque no caiga, para entrar al mundo de ensueño y felicidad. 


¡Demonios!, grito, y decido robar en los recovecos de mi instancia. Busco las llaves de los mundos paralelos en la mesa de noche, en el estante del baño, en la ropa interior descuidada, en la virginidad del patio, entre las paredes que derrumbé con un martillazo, en el cielo raso que caía a punta de pedradas, en los muebles que quemé… y ahí caían y caían múltiples llaves grandes, pequeñas, gordas y flacas, plateadas y doradas, maestras y sencillas. Pero no tenía las puertas del tránsito hacia más allá, en medio del techo que caía y el fuego que ardía cerca, y del agua que ahora salía por todos lados del piso y de las paredes.

Y ahí me iba deshaciendo rápidamente en el cataclismo del momento. Por ello, con inmediatez frente al apocalipsis inminente, busqué el llavero de otro mundo, pensando que no había un planeta detrás de la puerta grande, y metí las llaves, con premura, metí las llaves, con rapidez, metí las llaves,  antes que todo me matara. Y no sabía si funcionaría porque no había un concreto hecho, de aquel lado, que asegurara mi salvación.


Pero me arriesgué, con todas las llaves metidas en el llavero, y corrí delante del diluvio de fuego, y de las piedras que caían desde la luz oscura, y probé llaves frente a la puerta: grandes, pequeñas, gordas y flacas, plateadas y doradas, maestras y sencillas. Y solo la última, la que llevaba un nombre extraño, abrió ese mundo; no obstante, el tiempo ya estaba encima de mí, y me estaba ahogando el dolor del agua del abatimiento, y  frente al desasosiego del fuego.

Safe Creative #1401249925182

1 ¡Ajá, dime qué ves!:

Kevin Reguillo dijo...

Leído.

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Porque al que se le conoce hoy como profeta se le llamaba vidente: