Oddie Hor imaginaba mujeres
desnudas. No se podría decir que era el recurso morboso propio de algunos; por
el contrario, él no podía imaginarlas sin estar en presencia de ellas, y nada
tenía que ver con el deseo de satisfacer su mente. Cuando iba en el bus, veía a
la de falda marrón, y Oddie Hor imaginaba la cicatriz de la apendicitis.
Para aquella que corría por el parque,
él imaginaba el lunar pequeño en la pierna. A la religiosa de paso, la
imaginaba con las estrías prominentes en su íntima figura. Y así, Oddie Hor
imaginaba mujeres desnudas: El monte sin afeitar, la herida que no había sanado
aún, el tatuaje escondido, el trasero astronómico, la mujer con implantes en las tetas, la infección cutánea; éste imaginaba así. El afán de esta jornada se acabó cuando, viendo a la hermosa mujer de cabellos rojos, se le extendía, inclementemente,
un falo imaginario que nunca pudo sacar de su cabeza.



