Me fumaré un cigarrillo. Por primera vez en mi vida lo haré, y con éste fumaré las desgracias. Quizás sea el último pero será el más importante de cualquier existencia.
Me haré el tatuaje aplazado. Pintaré algo que los demás puedan leer con facilidad; seré una carta abierta que hable en las líneas de mis poros.
Iré a lacalle treinta y compraré ropa usada. Me vestiré de otros e inventaré historias para cada uno de aquellos otros: seré feliz, ladrón, pescador, carnicero, llorón, pintor, actor; sobretodo, actor.
Raparé mi cabello. Raparé con él la mentalidad escabrosa, el aire que no llega las ideas que no arriban.
Besaré los labios. Sentiré el sabor de lo que es prohibido. Sentiré el néctar de lo aceptable; tragaré tus palabras, tu saliva, tu sexo facial.
Mataré mientras cante. Canciones de vida mientras mato recuerdos apesadumbrados, memorias entenebrecidas. Cuando los mate, cantaré.
Me miraré desnudo. Miraré mi cuerpo, contemplaré lo que me gusta de mí, mi alma escondida y vestida; y la expondré junto al espejo donde me veo fumar el cigarrillo de la primera vez.
Las cenizas se irán; el viento lo hará, y cuando lo haga, entonces, murmuraré. A la vida, a la muerte, al destino, al Dios eterno, los secretos que nunca me he escuchado pronunciar.
A estas horas de la noche, me sorprendo de tener mi propia microficción en otro blog que leo. Pásense por allá. Les dejo la inquietud en Esteban Dublín. Gracias al man que me hizo el cuentecito. Me gustó.
Cuando pienso en los excesos del amor, recuerdo y quiero ponerme a pensar, con la mano en el corazón, si lo he recibido de mis padres. Con ellos se marca, no tan claramente, la línea del odio y del amor: No podemos dejar de amarlos sin dejarlos de odiar; y los odiamos sin dejarlos de amar, y también pensamos –sólo deambulamos – que tal asunto ocurre de igual manera con ellos.
Lo veo en mis tristes padres de mi niñez y con un amor imposible de asimilar ahora de grande. Es un amor irrecordable, y sólo por ello, no divisamos el odio.
Lo sentí en mi adolescencia, en mi rebeldía esporádica y en la realización de mis propios deseos, y en la naciente frustración de mis padres por yo ser su hijo. Se golpea el muro de la realidad cuando el pelao no quiere ser médico, o cuando la niña no le importa la fiesta de quince, o cuando los amigos no parecen cumplir los requerimientos que se inventaron para sus hijos de bien. Se comienza a ver, en la juventud-adulta, sus palabras, el desamor y la costumbre: un amor que se acostumbra a los días. Ya uno tiene noción del odio y tiene claridad del de ellos hacia sus hijos.
Me resulta complicado creer a ojo cerrado en la transparencia y amor de los padres. Me caga encima de mí, mi propio escepticismo cuando de buenas intenciones paternales se trata; en la enfermedad, en las lágrimas, que me huelen al mecanismo para expiar sus culpas, cuando sienten que sus hijos se van, y ven que quizás es su culpa, y tratan de remediar los adioses que muchas veces son irrevocables.
Con el paso del tiempo, el amor y el odio se fusionan y termina siendo todo una gran nostalgia por los años. Es una mezcla de consideración y de silencio, se puede creer que todo lo pasado se ha olvidado; pero no es así: es solo el tiempo que pasa y la vejez que llega. Se termina por comenzar a encariñarse; y el ciclo se repite para la posteridad: y juramos que no se repetirá aquello de que nuestros hijos nos odien, seremos diferente a nuestros padres, les daremos eso que no recibimos, les besamos la frente más a menudo, comeremos helados y les leeremos cuentos antes de dormir. Intentaremos no regañarlos tanto… de vez en cuando, pero no todo el tiempo. Y prometemos solemnemente no odiarlos nunca; los amaremos profundamente, y con el paso del tiempo, oraremos para que la fusión no se realice y que no sea demasiado tarde.
“Tú me has dicho que a mí me cuesta creer en la Gracia…
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